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Hablar de Alquimia supone sumergirse en un mundo misterioso, la mayoría de veces plagado de embustes al igual que muchas prácticas esotéricas que se vienen gestando desde épocas remotas. El repasar los textos alquímicos, colmados de símbolos y dibujos extraños, escritos de manera críptica y bastante oscura, no hace más que enardecer aquel temor natural del hombre por lo desconocido, pero que en las mentes más prolijas y curiosas, desata la inquietud por descifrar aquellos relatos alegóricos y permitirse comprender el misterio que sus representantes intentaban ocultar a los profanos.
El lenguaje desde sus inicios ha permitido al hombre expresar todo aquello que piensa y siente a través de diferentes medios, ya sean verbales o por señas. Pero conforme esta capacidad fue evolucionando a la par con la mente, fue volviéndose cada vez más compleja, a un punto tal que ya no solo buscaba decir aquello que podía percibir en su entorno de manera directa, pues pretendía conectarse a ese universo del más allá que no comprendía y que se iba gestando en su psique, por lo que trató de reflejarlo a través de mensajes en clave, naciendo así el lenguaje alegórico.
A través de la historia han surgido espacios donde el conocimiento se desarrolló de manera vertiginosa, donde las mentes más brillantes de una época evolucionaron el saber a raudo paso, llegando a convertirse en portales hacia el futuro, mientras el resto del mundo iba sin prisa; lugares donde el libre pensamiento se manifestaba en todo su esplendor y no existía censura intelectual, siendo el sincretismo pieza clave para lograr tal esplendidez, pues el saber no se resguardaba de manera chovinista, sino que adquiría relevancia universal. A pesar de tal grandeza, aquellos templos del intelecto no han estado exentos de tragedias colosales como el triste caso de la Biblioteca de Alejandría. En el Medievo un recinto brilló de similar manera, cambiando el rumbo de la humanidad, aunque su historia es ignorada por muchos.
Los cuentos de hadas han sido siempre un componente importante en nuestra formación durante la niñez; si bien esas historias llenas de fantasía, protagonizadas por criaturas mitológicas y personajes de la nobleza, sirven de combustible para el despegue y viaje de nuestra imaginación, nos permiten también, como diría la escritora española, Carmen Martín Gaité, “salvarnos del agobio de lo práctico”.
La palabra efímero expresa brevedad o algo pasajero; cualquier situación excepcional ligada a esta característica, se puede convertir en un deleite que sobrecogerá a cualquier espíritu sensible, más que por su belleza técnica, por su fugacidad.
La intención que hoy tengo, es rescatar un episodio de genialidad efímera que, más que estar envuelto por la tragedia común que rodea este tipo de obras, está ligada al terreno de lo anecdótico.
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