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El asunto de la post-verdad apareció en la escena internacional hace relativamente poco, aunque la cuestión que lo impulsa se retrotraiga hasta Platón (véase, por ejemplo, la doctrina de la doble verdad expuesta por Melzer). En 2016 el Oxford English Dictionary la escogió como “palabra” del año y, quizá, no exageró. La post-verdad acaparó la atención pública en medio de las bataolas por el Brexit y las confrontaciones políticas que catapultaron a Trump a la presidencia de los EE.UU. Desde entonces la cuestión de la post-verdad no ha retrocedido en su uso, tampoco menguado el interés que los diferentes público le prestan, es más, hasta se llega a hablar de una especie de post-verdad sobre la post-verdad.
La cuestión de la post-verdad es, si se nos permite una metáfora, como una casa con muchas ventanas. Éstas cumplen un doble rol: por un lado, las ventanas son lugares de fuga, es decir, hay momentos en que los interlocutores ya no saben a qué están denominando post-verdad; por otro lado, las ventanas equivalen a multiples dimensiones para colarse en aquella, es decir, la verdad es asediada desde múltiples lugares. Así, por lo anterior, la post-verdad está presente en discusiones sobre la ciencia y sus tratamientos epistemológicos, en las dimensiones epistémicas de la democracias o de las instituciones en general, en la relación entre expertos y personas corrientes (laypersons), en la relación entre hechos (facts) y esfera pública, la opinión pública y los sentimientos, más un largo pero finito etcétera.
En esta emisión queremos abordar, mediante un ejemplo concreto, la compleja función de los expertos en las democracias. Para ello partimos de exponer, brevemente, la función que cumplen los expertos epideméologos y virólogos durante esta pandemia en dos democracias la mexicana y la argentina.
Hace pocos meses, en junio de 2019, el prof. Acemoglu publicaba una columna en Project Sindicate advirtiendo, de cara a la creciente discusión norteamericana de los ingresos básicos, que la instauración de una propuesta de ingresos básicos ascendería a la friolera de 4 trillones por año.
Acemoglu advertía y se quejaba amargamente que una medida de esa naturaleza generaría no sólo la necesidad de un cambio radical del esquema impositivo estadunidense, sino la alteración de precios relativos, una distorsión masiva.
El Senado estadunidense aprobó a fines de marzo una liberación de 2 billones para enfrentar los efectos del COVID-19. Todos estiman que hará falta una medida más agresiva aún, redoblar la apuesta. ¿De qué se trata este asunto?
En primer lugar, la ayuda puede parecer escalofriante desde la perspectiva de nuestros países, pero si tomamos la línea de base un ingreso básico universal la magnitud es relativamente pequeña. Segundo, el asunto además de la magnitud reside en la eficacia para la entrega. Para decirlo burdamente, la logística de entrega de la ayuda. Veamos.
Las ayudas no sólo tienen que ser pertinentes, deben ser oportunas. En el campo de la economía las transferencias monetarias se enmarcan en las siguientes discusiones específicas de la teoría monetaria: el asunto del Helicopter Money (Fridman), la teoría del Quantitative Easy y Quantitative Easy for People. Poner dinero en el bolsillo de la gente puede resultar complicado y no solamente por la cuestión de que no existe un almuerzo gratis, sino por la propia logística de entrega. De este asunto queremos hablar en esta emisión, en cierta manera de una batalla contrareloj.
Muchos políticos, algunos líderes de opinión pública y analistas tienden a confundir las nuevas coordenadas cognitivas para construir los problemas, con las herramientas para manipular las tuercas y tornillos que generen alivio en medio de esta pandemia global y masiva. Los Ingresos Básicos son un eje orientador de discusiones y probablemente estén presente de manera activa en la construcción futura de las soluciones, pero las herramientas actuales para hacer frente están bastante alejadas de los ingresos básicos. Las herramientas disponibles están más cerca de los debates entre Quantitative Easy y el Helicopter Money. El uso eficaz de estas herramientas de política económica no están al alcance de todos los gobiernos con la misma eficacia y eficiencia. En esta emisión discutiremos las condiciones requeridas para que estas herramientas se puedan usar.
Las transferencias monetarias tendrán diferentes impactos en la cartografía mundial y dichos resultados dependen, entre otros factores, de la robustez institucional de los estados, de su disponibilidad y acceso a la tecnología digital y de la porción de su población que se encuentra de manera informal en las actividades económicas.
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Los procesos electorales, las elecciones como comúnmente les llamamos, constituyen el mayor esfuerzo de acción colectiva en las democracias modernas.
Cada elección no sólo pone en liza a las distintas opciones o alternativas que compiten por el voto del pueblo, sino también un cúmulo de esfuerzos institucionales y de estrategias de comunicación política encaminados a ofrecer, por un lado, la llamada certeza de la incertidumbre sustantiva y por otro los incentivos necesarios de naturaleza simbólica y material para que las personas acudan a votar y voten por una propuesta o candidato determinado.
En el primer caso, estamos ante el esfuerzo de poner en marcha el llamado método institucional (Schumpeter, 1957), encargado de organizar los tiempos, procedimientos, reglamentar la competencia y la distribución de los cargos de representación y de gobierno, de tal forma que 1) nadie tenga asegurado el triunfo ex ante, y 2) brinde las garantías e incentivos normativos para que las personas acudan a votar.
En el segundo escenario, nos encontramos en el campo de la comunicación política, el cual consiste en las distintas estrategias discursivas, mediáticas y simbólicas que los distintos aspirantes a cargos electivos, utilizan en cada campaña electoral para convencer a la gente de ir a votar y voten por su oferta programática en lo particular.
En suma, cada mecanismo institucional y estrategia de comunicación, tiene como objetivo ofrecer los incentivos para que el ciudadano maximice los beneficios y soslaye los costos del acto de votar.
La emergencia provocada por el COVID-19, ha colocado sobre la mesa la posibilidad de aplazar y/o modificar la forma en que se llevarían a cabo este año, los procesos electorales en determinados países del mundo. Al momento de grabar este episodio Bolivia suspende indefinidamente sus elecciones Presidenciales; en México el Consejo General del INE aprueba suspender los electorales; en Estados Unidos distintos estados de la Unión Americana han decidido posponer y re-agendar la fecha de sus elecciones primarias, encaminadas a elegir tanto del lado demócrata como del republicano a los futuros contendientes de la contienda Presidencial.
Ante la posibilidad de que la emergencia sanitaria pueda llegar hasta septiembre, comienza ya a discutirse no solo fechas sino también distintos procedimientos de agregación de votos que eviten el contacto e interacción entre individuos.
¿El COVID-19 nos coloca ante la posibilidad de que se transforme radicalmente la emisión del sufragio? ¿Los distintos actores involucrados, a favor y en contra, tendrán que replantear sus posturas ante una vieja discusión que recobra bríos como lo es la posibilidad de votar electrónicamente? ¿Qué repercusiones tendrían estos procedimientos en democracias emergentes o poco consolidadas? ¿La pandemia modificará la percepción de desconfianza que aún prevalece en mucha gente que acusa de que pervive una profunda incertidumbre institucional en la emisión y agregación de los votos?
Lo anterior supone un reto en materia de ingeniería constitucional, además de que modificará los términos del debate en torno a la adopción de procedimientos alternos que busquen modificar la emisión del sufragio y que esta no se realice única y exclusivamente en un día y/o de forma presencial.
El 16 de marzo un equipo de científicos (COVID-19 Response Team) del Imperial College de Londres dió a conocer un trabajo muy interesante. Básicamente coloca la cuarentena en una dimensión temporal. El modelo matemático corre así: como no hay una solución farmacológica, la única herramienta disponible es el aislamiento social. Éste resulta necesario para “aplanar la famosa curva”, es decir, hacer converger los pacientes críticos con el stock de recursos sanitarios de cada país, pero este proceso no puede ser indefinido -además que no suprime el virus, sino mitiga su circulación. Por tanto, al relajarse la cuarentena, el virus comienza nuevamente a circular. El modelo propuesto lo que hace es identificar situaciones en donde se requiere volver a cuarentena, dado el objetivo de hacer converger cantidad de infectados con los recursos sanitarios disponibles (Figura 4, pág. 12 del informe). Entonces lo que el modelo predice es picos leves de circulación, reinicios de cuarentenas, relajamiento, etc., durante el período de 18 meses -un tiempo adecuado para obtener una solución farmacológica. No tenemos herramientas cognitivas para juzgar el diseño del modelo, ni cuestionar la validez de los datos utilizados, pero el informe genera un horizonte temporal para los decisores públicos, los ciudadanos y el diálogo democrático (en caso que lo hubiere). Lo que discutiremos en este Episodio 3 Bonus Track consiste en cómo nos podemos imaginar que será la vida privada y pública en los próximos meses.
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El COVID-19 está poniendo al mundo en un paréntesis. Sin embargo, este proceso tiene matices y éstos son la materia prima de la ciencia. Ante una crisis como la actual, que en alguno lugares (p.e. el norte de Italia) tiene características trágicas, la ciencia política nos conmina a formular preguntas obligadas y, en cierta medida, clásicas. Por ejemplo, ¿los populismos tienen reacciones diferentes a las observables en democracias más pluralistas? ¿Los líderes populistas arrastran a sus ciudadanos a discusiones estériles y los conminan a acciones temerarias? ¿Hay ejemplos? ¿De qué tipo? Pero también, la profesión de politólogo nos obliga a realizar otro tipo de preguntas. Tomando en cuenta el conjunto de “respuestas políticas” frente a la pandemia: ¿hay convergencia entre regímenes populistas y no populistas? ¿Los matices entre las políticas son explicados por el tipo de liderazgo o por otras razones? ¿Es muy temprano para aventurar una hipótesis? Finalmente, sin caer en la soberbia anticientífica de hacer pronósticos o inferencias insostenibles, también estamos obligados a reflexionar sobre cómo parece que los líderes se están imaginando el futuro inmediato. Así, en caso de existir una convergencia de medidas y acciones gubernamentales: ¿éstas configuran un futuro debilitamiento del populismo o todo lo contrario?
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La reciprocidad (responsiveness) originalmente fue pensada como un concepto prescriptivo al que debería tender a largo plazo la democracia. Más recientemente en el desarrollo de la agenda de la calidad democrática pasó a ocupar un rol destacado por su deseabilidad en el desempeño al que debe orientarse una democracia. De esta forma, un desempeño de calidad es aquel en donde los hacedores de políticas actúan en correspondencia con las preferencias/deseos de los ciudadanos. Para la agenda de investigación sobre la calidad de la democracia, la reciprocidad sólo es posible si 1) existen múltiples alternativas que gestionen los intereses de los grupos a los que representan 2) se eligen gobiernos fuertes 3) los aspirantes a gobernar prevén el tipo de políticas preferidas y el tipo de desempeño que los ciudadanos rechazan. Sin embargo, ¿esos asuntos son la única vía hacia la reciprocidad?
En esta emisión se dará particular énfasis a la manera en que los liderazgos y los gobiernos populistas utilizan los recursos simbólicos y discursivos en el terreno mediático para demostrar que las políticas y la provisión de recursos se formulan, implementan y evalúan no bajo el dominio de la eficiencia técnica, sino desde la base de la comunidad de intereses con los gobernados identificados con el pueblo.
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El problema fáctico de la reciprocidad radica en cómo articular/reflejar la voluntad popular en las decisiones de gobierno, en otras palabras, dar contenido concreto a uno de los ejes, sino es que el principal, de la fórmula de Gettysburg: Gobierno para pueblo.
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En la actualidad gran parte de la opinión pública y publicada está enredada/atrapada en discusiones sobre el “populismo”. Hay proyectos de investigación -como el de Team Populismo impulsado por The Guardian– que tratan de dar seguimiento en tiempo real a las democracias que se supone atrapadas en dinámicas populistas. Las perspectivas y abordajes son múltiples, los desafios intelectuales son prometeicos. Más allá de lo que sabemos sobre el populismo, lo que sabemos que no sabemos y las limitadas intuiciones sobre lo que ignoramos, algo flota sobre el aire democrático de estos años: ¿Qué privilegios se supone que el actual populismo viene a abolir y desmantelar? Sólo así podremos entender porque muchos demócratas sinceros abrazan con fuerza la ola populista. ¿El venablo populista se clava en un contexto de malestar por los rendimientos democráticos, pero en qué blanco acierta? El populismo: ¿a qué privilegios apunta? Pero, ¿a cuál blanco efectivamente le acierta?
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