Este libro se publicó en México en 1955. Carlos Fuentes dijo, en su momento, que era la mejor novela jamás escrita en México, y a García Márquez se le atribuye haber dicho que era la más bella escrita desde el nacimiento de la literatura en español. No hace falta estar de acuerdo con la medida exacta de esas frases, porque las dos apuntan a lo mismo: un libro que no te explicaba nada de más, que confiaba en que ibas a encontrar por vos mismo la metáfora que te sostiene la vida. Pedro Páramo murió sin reconocer al hombre que finalmente lo mataba, porque era uno de sus propios hijos, uno más de los tantos que nunca quiso ver como suyos. Y esa es, quizás, la advertencia real de todo el libro: la metáfora que te gobierna casi nunca llega de afuera, disfrazada de enemigo. Lleva años cerca tuyo, con cara conocida, y te termina destruyendo mucho antes de que aprendas a reconocerla como propia.