Nadie había obligado a nadie a dejar de leer. La gente había dejado de querer hacerlo, sola, de a poco, pidiendo cada vez menos complejidad, cada vez menos fricción, cada vez menos de eso que incomoda. Y el fuego, cuando por fin llegó, no fue el origen del problema. Fue apenas la última etapa de administrar algo que ya se había decidido mucho antes, en cada casa, en cada sobremesa, en cada persona que había elegido el resumen antes que el libro completo.