
Sign up to save your podcasts
Or


El conocimiento sobre tu propia vida, lo que necesitás, lo que creés, lo que te hace bien, nunca va a caber del todo en la cabeza de otra persona, por más autoridad, por más cariño o por más buena intención que tenga.
¿Cuándo fue la última vez que pensaste algo que el se no había pensado antes por vos?
¿Qué hacés con la libertad que te da tanto miedo?
¿La entregás? ¿A quién? ¿A cambio de qué?
¿O aprendés a sostenerla aunque pese, aunque no haya garantías, aunque nadie te confirme que estás bien?
Ese pensamiento que aparece y que enseguida cubrís con ruido, con trabajo, con cualquier cosa que evite que se termine de formar. Esa imagen de vos mismo que dejás a medias porque completarla obligaría a cambiar algo. Esa versión de tu vida que asomó una vez y que descartaste antes de que tomara forma.
Jung tardó tres noches. El pensamiento no lo destruyó. Lo liberó.
La pregunta no es si tienes creencias. La pregunta es si tus creencias todavía pueden sorprenderte. Si todavía pueden ser cuestionadas por algo que leíste, que escuchaste, o algo que alguien te dijo. O si ya habías llegado al punto donde cualquier cosa que contradigan lo que sabes es automáticamente una amenaza.
Si cada generación tiene más que la anterior, ¿por qué cada generación necesita más ayuda para soportarlo?
¿Cuánto de lo que creés saber hoy lo examinaste de verdad? ¿O simplemente lo acumulaste, lo heredaste, lo repetiste hasta que se volvió parte de vos, y ahora cualquiera que lo cuestione se convierte automáticamente en un problema?
Y la presencia, esa cualidad rara de estar realmente en el lugar donde estás, no se compra, ni se aprende en libros, ni se logra con ejercicios espirituales. Se elige, una y otra vez, cada día, contra una tendencia que tenemos casi todos a estar mentalmente en otra parte.
¿Qué sonido lejano vienes escuchando hace tiempo, que tus hermanos —los Pedros y Pablos de tu vida— ya descartaron con una explicación cómoda?
From the publisher's feed