La historia es el lugar del encuentro con Dios; la vida del pueblo es el lugar y espacio de la revelación. Así como el individuo progresa con el paso del tiempo, así el pueblo judío maduró su concepción de Dios. Esto es algo que muchos ignoran u olvidan: la revelación supone un proceso de maduración, es decir, Dios se va mostrando lentamente y esta progresión nos ayuda a madurar en la fe. Israel en un principio se sintió el pueblo exclusivo y propiedad de Dios, el cual combatía contra las naciones en favor de su hijo, Israel.
Sin embargo, las experiencias le hicieron consciente de que Dios, lo es de todos los pueblos y que, así como Israel añora la salvación, la liberación y la vida plena, del mismo modo, los demás pueblos esperan la salvación que sólo puede venir del único Dios, el Dios que creó todo cuanto existe y que lo creó sabiamente, con amor y con un proyecto de bienestar para todos los pueblos.
El Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, no sólo cumple el designio de Dios para con su pueblo, sino que es luz, esperanza y fuente de bendición para todos los hombres de todos los pueblos y tiempos. Dios mira por todos los hombres, no sólo por algunos; Dios no es exclusivista, ni se preocupa sólo por los buenos o por los suyos, porque todos los hombres son suyos. Por eso, él vela, cuida y protege a cada una de sus criaturas. La esperanza de Israel de ver que Dios se hace presente entre los hombres, se muestra como un don de Dios, es como la lluvia que baja del cielo o como el alimento que brota del campo, es algo que no se consigue con las propias fuerzas o capacidades: todo verdadero don y bendición procede de Dios.
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