Es increíble la obcecación que manifestamos frecuentemente con el Señor. Nos perdona, nos habla, nos invita, nos reprende y aun así, continuamos con nuestra actitud de rechazo a su palabra y a su amor. El rey Jeroboam, en lugar de buscar la conversión de su pueblo, y con ello, la salvación de éste, prefiere oír las voces del mundo y rechazar al profeta de Dios.
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