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PADRE JOHN KENNY
Mateo 9, 18–26
Mientras Jesús hablaba, un jefe se acercó, se postró ante Él y le dijo:
“Mi hija acaba de morir,
pero ven, pon tu mano sobre ella y vivirá.”
Jesús se levantó y lo siguió junto con sus discípulos.
En el camino, una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó el borde de su manto.
Pensaba:
“Con solo tocar su manto quedaré sana.”
Jesús se volvió, la vio y le dijo:
“Ánimo, hija; tu fe te ha salvado.”
Y desde aquel momento la mujer quedó curada.
Cuando Jesús llegó a la casa del jefe y vio a los flautistas y el alboroto de la gente, dijo:
“Retírense. La niña no está muerta; está dormida.”
Ellos se burlaban de Él.
Pero Jesús entró, tomó a la niña de la mano, y ella se levantó.
Y la noticia se difundió por toda aquella región.
PADRE LUCAS TENIER MACHADO
Mateo 11, 25–30
Jesús dijo:
“Te doy gracias, Padre,
Señor del cielo y de la tierra,
porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos
y las has revelado a los pequeños.
Sí, Padre,
porque así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre.
Nadie conoce al Hijo sino el Padre,
ni nadie conoce al Padre sino el Hijo
y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí
todos los que están cansados y agobiados,
y yo los aliviaré.
Tomen mi yugo sobre ustedes
y aprendan de mí,
que soy manso y humilde de corazón,
y encontrarán descanso para sus almas.
Porque mi yugo es suave
y mi carga ligera.”
PADRE DIEGO PAEZ
Mateo 9, 14–17
Los discípulos de Juan se acercaron a Jesús y le preguntaron:
“¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos,
y tus discípulos no ayunan?”
Jesús les respondió:
“¿Pueden estar tristes los invitados a una boda
mientras el esposo está con ellos?
Llegará el tiempo en que les será quitado el esposo,
y entonces ayunarán.
Nadie remienda un vestido viejo
con un trozo de tela nueva,
porque el remiendo tira del vestido
y la rotura se hace más grande.
Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos;
porque los odres se revientan,
el vino se derrama y los odres se pierden.
El vino nuevo se echa en odres nuevos,
y así los dos se conservan.”
PADRE JESUS MORA
Juan 20, 24–29
Tomás, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando Jesús se apareció.
Los otros discípulos le decían:
“Hemos visto al Señor.”
Pero él respondió:
“Si no veo la marca de los clavos en sus manos,
si no meto mi dedo en el lugar de los clavos
y mi mano en su costado, no creeré.”
Ocho días después, los discípulos estaban reunidos de nuevo, y Tomás estaba con ellos.
Jesús se presentó en medio y dijo:
“La paz esté con ustedes.”
Luego dijo a Tomás:
“Trae aquí tu dedo; mira mis manos.
Trae tu mano y métela en mi costado.
Y no seas incrédulo, sino creyente.”
Tomás respondió:
“¡Señor mío y Dios mío!”
Jesús le dijo:
“Porque me has visto, has creído.
Dichosos los que creen sin haber visto.”
PADRE GUSTAVO GODINEZ
Mateo 9, 1–8
Jesús subió a una barca, cruzó el lago y llegó a su ciudad.
Entonces le llevaron un paralítico acostado en una camilla.
Al ver la fe de aquellos hombres, Jesús dijo al paralítico:
“Ánimo, hijo;
tus pecados quedan perdonados.”
Algunos escribas pensaron:
“Este blasfema.”
Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo:
“¿Por qué piensan mal en sus corazones?
¿Qué es más fácil decir:
‘Tus pecados quedan perdonados’,
o decir:
‘Levántate y camina’?
Pues para que sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados...”
Entonces dijo al paralítico:
“Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.”
Él se levantó y se fue a su casa.
Al ver esto, la multitud quedó llena de admiración
y glorificó a Dios, que había dado tal autoridad a los hombres.
PADRE JOHN KENNY
Mateo 8, 28–34
Cuando Jesús llegó a la región de los gadarenos,
le salieron al encuentro dos hombres poseídos por demonios, que vivían entre los sepulcros.
Eran tan violentos que nadie podía pasar por aquel camino.
De pronto gritaron:
“¿Qué tienes que ver con nosotros, Hijo de Dios?
¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?”
A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo.
Los demonios le suplicaron:
“Si nos expulsas, envíanos a los cerdos.”
Jesús les dijo:
“Vayan.”
Ellos salieron y entraron en los cerdos,
y toda la piara se precipitó al mar y murió.
Los que cuidaban los cerdos huyeron y contaron lo sucedido en la ciudad.
Entonces toda la población salió al encuentro de Jesús
y, al verlo, le rogaron que se marchara de su territorio.
PADRE JOHN KENNY
Mateo 8, 23–27
Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron.
De pronto se levantó una fuerte tempestad en el mar,
y las olas cubrían la barca.
Pero Jesús dormía.
Los discípulos se acercaron y lo despertaron diciendo:
“¡Señor, sálvanos, que perecemos!”
Él les respondió:
“¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”
Entonces se levantó,
reprendió a los vientos y al mar,
y sobrevino una gran calma.
Los hombres, admirados, decían:
“¿Quién es este, que hasta los vientos y el mar le obedecen?”
PADRE JOHN KENNY
Mateo 16, 13–19
Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
“¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?”
Ellos respondieron:
“Unos dicen que Juan el Bautista; otros, Elías; otros, Jeremías o alguno de los profetas.”
Entonces Jesús les preguntó:
“Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”
Simón Pedro respondió:
“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.”
Jesús le dijo:
“Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás,
porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.
Y yo te digo que tú eres Pedro,
y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia;
y el poder de la muerte no la derrotará.
Te daré las llaves del Reino de los cielos;
todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo,
y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.”
PADRE JOHN KENNY
Mateo 10, 37–42
Jesús dijo a sus discípulos:
“El que ama a su padre o a su madre más que a mí,
no es digno de mí.
Y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí,
no es digno de mí.
El que no toma su cruz y me sigue,
no es digno de mí.
El que encuentre su vida, la perderá;
y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí;
y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.
El que recibe a un profeta por ser profeta,
recibirá recompensa de profeta.
Y el que recibe a un justo por ser justo,
recibirá recompensa de justo.
Y quien dé aunque sea un vaso de agua fresca
a uno de estos pequeños por ser discípulo,
en verdad les digo que no quedará sin recompensa.”
PADRE GUSTAVO GODINEZ
Mateo 8, 5–17
Al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le suplicó:
“Señor, mi criado está en casa paralítico y sufre terriblemente.”
Jesús le dijo:
“Iré a curarlo.”
Pero el centurión respondió:
“Señor, no soy digno de que entres en mi casa;
basta que digas una sola palabra
y mi criado quedará sano.
Porque también yo soy un hombre sujeto a autoridad,
y tengo soldados a mis órdenes.”
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo:
“En verdad les digo que no he encontrado en Israel una fe tan grande.”
Y el criado quedó sano en aquel momento.
Después, Jesús fue a la casa de Pedro.
Vio a la suegra de Pedro en cama con fiebre;
le tocó la mano, y la fiebre la dejó.
Al atardecer le llevaron muchos enfermos y endemoniados;
Jesús los curó a todos.
Así se cumplió lo dicho por el profeta Isaías:
“Él tomó nuestras enfermedades
y cargó con nuestros dolores.”
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