En Lucas 9, 51-56, Jesús decide encaminarse a Jerusalén, sabiendo lo que allí ocurrirá. Cuando atraviesa una aldea samaritana que no lo acoge, los discípulos, indignados por el rechazo, sugieren invocar la ira divina. Sin embargo, Jesús los corrige de inmediato. El mensaje que transmite es contundente: su misión no es castigar ni destruir, sino ofrecer salvación. Ante el desprecio, el Maestro no opta por la venganza, sino por la misericordia. Nos enseña así que, cuando enfrentamos la incomprensión o la hostilidad, debemos responder con paciencia y amor, no con resentimiento o dureza. Este relato nos desafía a repensar cómo reaccionamos ante aquellos que no nos comprenden o no comparten nuestra fe.