Ayer, en Pasos santos, recordábamos a Jesús en Betania. El gesto de la unción nos dejaba ver cercanía, intimidad, recogimiento. Hoy el clima cambia. La liturgia del Martes Santo nos pone delante otro rostro de estas horas decisivas: el anuncio de la traición de Judas y la negación de Pedro. Ya no estamos ante el perfume derramado, sino ante la herida que se abre cuando el ser humano falla precisamente donde juraba estar más firme. La Semana Santa tiene esa fuerza: no deja la historia quieta, la va apretando. Va quitando capas. Va dejando al descubierto qué hay de verdad en quienes rodean a Jesús. Y eso alcanza también nuestra vida, porque uno puede sentirse cercano al Señor y, aun así, ceder cuando llegan la presión, la vergüenza, el miedo o la conveniencia.