Madre de todo consuelo,
Madre de toda esperanza,
Madre de nuestra fe.
¿Pudiéramos imaginar dolor más grande que el de María ante la cruz?
Ella sabía a quien crucificaban, ella no dudaba que su Hijo era el Salvador del mundo, ella conocía su Corazón, pues ella misma lo había moldeado con su fe y con su amor.
Ella experimentó todo el dolor posible que una madre puede experimentar, pues sufrió no solo por su Hijo, sino también por toda la humanidad.
Es el silencio del sábado, la hora de María. En este silencio es que ella es constituida por Dios como Madre de todo consuelo, Madre de esperanza y Madre de nuestra fe.
Oh María, que nos has engendrado con dolores de parto como hijos del Padre celestial; consuélanos con tu presencia, fortalece nuestra esperanza y ayúdanos a sostenernos en la fe. Que cada uno de tus hijos que esté pasando por un momento de prueba, encuentre en ti su consuelo y en la resurrección de tu Hijo, su esperanza.
Mons. Héctor M. Pérez V.