El perdón de Dios es una fuerza de vida, que limpia y capacita. Esta fuerza exige ser compartida, pues si no la dejas fluir, te termina destruyendo a ti también. Eso le pasó a los escribas, ellos se creían “perdonados” ante Dios por los rituales practicados, pero no podían creer que el paralítico mereciera recibir tal perdón, ¡y menos en la manera en que Jesús lo hizo!