Dios nos sigue hablando, pero, ¿cómo estaremos dispuestos a escucharle? Como niños, que disfrutamos su Palabra, pero, ni comprendemos ni hacemos caso; como adolescentes que pensamos que Dios solo habla para regañarnos y por ello preferimos que no nos hable; o como adultos, que disfrutamos su Palabra y buscamos corresponderla con nuestra vida.