Acabar con la salud mental no conlleva realizar una crítica reaccionaria. Es necesario posicionarla más allá de su discurso de propaganda que supone hay una sociedad enferma que habría que curar hasta llegar al estado de salud.
La salud mental, cúspide del dispositivo psiquiátrico y antropomórfico, es un categoría #biopolítica que produce y valida un sinfín de prácticas sociales que realizan los profesionales del área. Estos expertos que se encuentran en escuelas, trabajos y comunidades, se transforman en agentes policíacos que producirán y moldearán los cuerpos y las subjetividades para hacerlos entrar a la norma.
Es necesario, pues, adentrarnos en el territorio epistémico que valida dicho dispositivo para desactivarlo. Su falsa cientificidad que legitima socialmente su proceder. Sus mecanismos, como el régimen farmacológico, sus lógicas neoliberales de mercado, su proceder como práctica moral, y su forma de constituirse como política del ser.
Acabar con la salud mental no es una apología a una supuesta locura que volverá sufrible la vida: es posicionarse contra un régimen coercitivo que construye las vidas para sujetarnos a cómo vivir y gozar, para hacerse de espacios dentro de un sistema cada vez más voraz y excluyente, llamado capital.