Hay una diferencia muy grande entre expresar nuestro dolor delante de Dios y vivir atrapadas en la amargura y la queja. Dios nos invita a abrir nuestro corazón, pero nunca quiere que hagamos de la amargura nuestro lugar de residencia.
La amargura no aparece de un día para otro. Comienza con una herida que no sanó, una decepción que no entregamos al Señor o una expectativa que no se cumplió. Poco a poco, ese dolor empieza a cambiar nuestra manera de hablar, de pensar y hasta de mirar a las personas que nos rodean. Entonces, sin darnos cuenta, la queja se vuelve nuestro lenguaje diario.