Sin duda alguna, la designación de Francisco Díaz para un nuevo período de seis años al frente de la policía sandinista no es más que un premio por su servilismo absoluto a la dictadura bicéfala y perversa de Daniel Ortega y Rosario Murillo. No se trata de un reconocimiento a su labor, ni mucho menos a la institucionalidad de la Policía, sino de una recompensa por su papel como ejecutor de la maquinaria represiva que mantiene al régimen en el poder a costa de la sangre, el sufrimiento y la opresión del pueblo nicaragüense.
Díaz no es un jefe policial, es un verdugo al servicio del régimen, un operador de la represión que ha convertido a la policía en una fuerza de ocupación interna, responsable de secuestros, torturas, desapariciones y asesinatos de opositores, activistas, periodistas y ciudadanos comunes. Su lealtad no es a la ley ni a la seguridad pública, sino a los caprichos de la pareja dictatorial, quienes le aseguran impunidad a cambio de su obediencia ciega.
La juramentación de 30 mil “policías voluntarios” no es otra cosa que la institucionalización de las fuerzas paramilitares, las mismas fuerzas criminales y asesinas que ejecutaron la masacre de 2018 y que continúan hostigando, golpeando y secuestrando a cualquier persona que se atreva a desafiar el terror del régimen. No es coincidencia que este anuncio ocurra en el contexto de la conmemoración de Monimbó, un símbolo de resistencia popular que el régimen pretende secuestrar y pervertir en un intento desesperado de reescribir la historia ¡No lo van a lograr! La memoria de Monimbó está viva.
El nombramiento de Díaz hasta 2031 deja claro que la dictadura sandinista no tiene intención alguna de ceder el poder por medios democráticos. Ortega y Murillo están construyendo un estado policial permanente, donde los jefes de la represión reciben condecoraciones en lugar de juicios, y donde la Constitución y las leyes son simples decoraciones que se ignoran a conveniencia del tirano. Pero la historia ha demostrado que ningún régimen que se sostiene en el miedo y la violencia es eterno. El pueblo de Nicaragua, que ya ha resistido décadas de dictaduras y que continúa valiente y resiliente sabrá librarse de este nuevo capítulo de opresión.