Jesús nos invita a practicar la corrección fraterna, que consiste en corregir a quien comete un error y a dejarnos corregir cuando nosotros lo cometemos. Es una manifestación del amor al prójimo porque se busca su bien, es decir, que mejore en aquello que se le advierte.
Jesús le pide a Pedro su barca para predicar desde ahí, luego lo premia con la pesca milagrosa que es preámbulo de su gran misión como pescador de hombres.
Jesús dedica su jornada a atender y curar a cada persona que se acerca a Él, con paciencia, cariño y misericordia. También nosotros tenemos1 nuestras propias “fiebres”: pereza, orgullo, vanidad, egoísmao, impureza, avaricia… En la Confesión, Jesús nos toma de la mano, nos perdona y nos cura, dándonos la gracia para levantarnos y, como la suegra de Pedro, ponernos nuevamente al servicio de los demás.
Jesús dice: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo”. Renunciar a uno mismo significa eliminar de nosotros aquello que nos aparta de Dios: el miedo a la cruz, alimentar el ego, contenidos e imágenes inconvenientes, pereza y comodidad, impaciencia, etc. Esta renuncia no es negativa, sino la afirmación de querer hacer la voluntad de Dios.
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