El ser humano puede acostumbrarse a la oscuridad sin darse cuenta. Jesucristo es la luz que viene al mundo, pero muchas veces los hombres prefieren las tinieblas por sus malas obras. El problema no es la falta de luz, sino el hábito de vivir sin ella. En la vida espiritual la oscuridad crece cuando se descuida la oración, el examen de conciencia y la confesión, y cuando se justifica lo que está mal. Poco a poco, el alma pierde sensibilidad y se acostumbra a vivir sin la luz de Dios. Buscquemos la luz de Cristo mediante la oración, los sacramentos y una vida sincera. El cristiano está llamado no solo a recibir esa luz, sino a reflejarla en su entorno, como la luz que ilumina el camino de otros.