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Amanece el 18 de julio de 1936. Las calles españolas parecen las de un sábado cualquiera pero los ojos de la gente han cambiado: el miedo, la incertidumbre se va apoderando de ellos. En África comienza la sublevación, la ocupación de los cuarteles, el cruce de fuegos.
La vorágine cruza el peñón y llega a la radio. Mientras el gobierno intenta transmitir mensajes de calma, los ciudadanos corren hacia sus casas. Socialistas gritan: “¡armas, armas, armas!” y, por otro lado, Franco, lanza su mensaje de lucha : “en estos momentos históricos, fe ciega en nuestro triunfo”.
El tiempo pasa deprisa al igual que el número de muertos. Hay que tomar decisiones rápidas: si salir a la calle o intentar huir, si luchar con un bando u otro. Ya no hay quien pueda frenar la situación. El conflicto crece por sí sólo y así se mantendrá durante tres largos años más.
Franco preside el entierro del General Balmes en Las Palmas. Mientras, en la base aérea de Gando, el Dragon Rapide espera al futuro dictador para llevarle hasta África. Todo está preparado.
Mientras, en Radio Valencia unos jóvenes falangistas están a punto de dar al traste con la operación del día siguiente, irrumpen en el estudio y obligan al locutor a leer un comunicado que advierte de que pronto España será liberada.
Esa noche, el gobierno del Frente Popular lleva a cabo diversas detenciones y registros domiciliarios, pero es demasiado tarde. El levantamiento seguirá su curso.
Es 16 de julio por la tarde, el general Mola y su superior, el general Domingo Batet se citan en el Montasterio de Santa María la Real de Irache, Navarra. El general Batet intenta sonsacar información a Mola, quiere saber si su subordinado forma parte de un posible golpe contra la República. Aristócratas, hombres de negocio y militares quieren saber qué hacer, cómo refugiarse. Mola lo niega todo.
En Gran Canaria, el general Amado Balmes acude a unas prácticas de tiro y al disparar, cae desplomado al instante. Existían algunas teorías conspiranoicas sobrela posibilidad de que fuera un asesinato, un plan trazado por el general Franco para poder iniciar la sublevación desde el Protectorado de Marruecos. Unos documentos de la autopsia, recientemente encontrados, sostienen que fue un accidente.
“Se conspiraba mucho y demasiado poco” dijo años después el historiador Vicente Palacio Atard. ¿Accidente o complot? Nunca lo sabremos.El día del levantamiento militar se acerca y toda la maquinaria se pone en marcha. En la base aérea de Gando, en Gran Canaria, aterriza el Dragon Rapide, el avión que tiene que llevar al General Franco hasta el Protectorado español de Marruecos para encabezar el Ejército Español de África. El plan es que éste se subleve tres días más tarde.
Aunque el gobierno se esfuerza para que el pánico no cunda entre los civiles, en las calles se habla de un golpe militar inminente. La clase alta de Madrid, recoge sus cosas deprisa y cierra sus casas, se van hacia el norte para protegerse de la guerra que está a punto de estallar.
Ese mismo día, el periódico Mundo obrero dice en sus páginas “Tened cuidado, estad vigilantes, se prepara un golpe de estado”.
Por mucho que Casares Quiroga se esfuerce por aparentar tranquilidad, los ciudadanos saben que algo está a punto de pasar.Calvo Sotelo es enterrado en el cementerio de la Almudena. Su muerte se convierte en el último empujón de una trama que llevaba ya tiempo urdiéndose entre los militares. En las calles se percibe la indignación de una gran parte del pueblo español. Jóvenes madrileños se rebelan contra el gobierno: increpan a los ciudadanos de a pie, destrozan bares… comienza el caos.
En el Congreso de los Diputados, Jose María Gil-Robles e Indalecio Prieto discuten acaloradamente sobre la muerte de Sotelo. Mientras tanto, en Pamplona, el general Emilio Mola ya ha firmado una fecha para la sublevación: el 19 de julio.
La madrugada del 13 de julio, varios hombres armados van a buscar al político conservador Calvo Sotelo hasta su casa, en la calle Velázquez. Su cadáver aparecerá a la mañana siguiente en el cementerio de la Almudena. Muchos apuntan a que se trata de una venganza por el asesinato, el día 12, del Teniente Castillo, héroe republicano y socialista, a manos de pistoleros de ultraderecha.
Tras ambos altercados, el ambiente en España está enturbiado y el socialista Indalecio Prieto pide que se arme a la población. Casares Quiroga, el entonces jefe de gobierno, prefiere mantener la calma, en un intento de no alarmar a los ciudadanos.
Desde que Ernest Hemingway describiera con tanta pasión los Sanfermines en su libro Fiesta, esta celebración se hizo popular a lo largo y ancho del mundo. Todos querían ir hasta Pamplona para saborear julio, el chupinazo y los encierros.
En 1997 el escritor y guionista norteamericano Arthur Miller decidió viajar hasta España para formar parte de este espectáculo. Allí fue recibido en el ayuntamiento por el entonces alcalde de Pamplona Javier Chourraut, que le colocó la pañoleta roja.
Años más tarde Miller recordaría: “Normalmente es la gente quien intenta cazar animales y, esta vez, son los animales los que intentan dar caza a la gente… Es muy divertido verlo”.
En cualquier chupinazo, en cualquier parte de España, es lanzado un cohete en señal de que dan comienzo unas fiestas populares. Pero si uno oye hablar de “el chupinazo” piensa inmediatamente en Pamplona, en el día 6 de julio y en los Sanfermines.
Desde el ayuntamiento de la ciudad Navarra, cada año, una personalidad destacada es la encargada de lanzarlo, le acompañan el alcalde o alcaldesa y los concejales. Abajo, en la plaza, se amontonan miles de personas, descorchando botellas con las que brindar porque un año más se pueden celebrar estas míticas fiestas.
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