Jesús santificó a sus seguidores y los protegió del diablo con su santidad.
La santidad individual de un verdadero seguidor de Jesús puede hacer lo mismo por quienes le rodean.
Los santos católicos nos han dado pruebas fehacientes de esta posibilidad espiritual de convertirnos en templos del Dios vivo.
La santidad es un proceso gradual de llegar a ser, por gracia, lo que Dios es por naturaleza.
Sin embargo, la santificación y su poder protector y sanador se ven debilitados por el pecado en este mundo.
No es de extrañar que la enfermedad y el sufrimiento asolen nuestro mundo con tantos ateos que lo gobiernan.
A pesar de todo esto, aún hay esperanza para los creyentes cristianos en este mundo oscuro, pero no reside en nuestras supuestas instituciones mundiales, políticos, corporaciones o líderes religiosos ambiciosos; reside, con esperanza, en los laicos, en los hombres y mujeres que son auténticos seguidores de Jesús, que constituyen una pequeña rama verde y viva de la vid que es Jesucristo, a través de la cual nuestro salvador sigue caminando en este mundo porque ellos caminan con su cruz sobre los hombros, difundiendo su evangelio con el ejemplo de sus vidas.
Esta rama existe gracias a la santidad de sus miembros, donde el Espíritu Santo reside e ilumina sus acciones en este mundo.
La verdadera santidad es un cambio personal que depende únicamente de nuestra voluntad de transformar nuestra conducta, estilo de vida y cosmovisión, para modelarla según Dios y las enseñanzas y el ejemplo de Jesús en nuestra propia existencia. Es una expiación personal.
Si individualmente la alcanzamos, entraremos en el escudo protector de la santificación de Jesús, que nos resguardará de Satanás y de este mundo de tinieblas.