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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez un Viejo que vivia en una casa a la salida del pueblo. El viejo había vivido allí desde la infancia y ahora que la vida llegaba al ocaso apreciaba aún más su vieja casa. Era una casa muy vieja construida por su abuelo y plantada en lo alto de una colina donde el viento soplaba con voz de flauta rota. La casa no era de ladrillo cocido ni de piedra dura, sino de bareque y cubierta de una cal antigua y porosa que parecía respirar con las estaciones. En ella vivía Mateo, un relojero retirado que entendía bien el silencio de los objetos sabía que su entorno tenía un deje mágico que nadie podía entender, algunas veces algunos amigos lo visitaban pero todos ignoraban el secreto que guardaba cada una de las paredes de su casa.
En esa casa, la oscuridad era un manto que lo dormía todo. Mientras las bombillas permanecían apagadas, los muros descansaban en un sueño ciego, frío y mineral. No eran más que límites verticales que sostenían el techo y detenían el frío.
Pero todo cambiaba con un chasquido.
Bastaba con que la mano de Mateo buscara en la penumbra el viejo interruptor para que de un de click seco todo cambiara en aquellas paredes. La corriente no solo encendía el filamento ámbar suspendido en el techo sino que por entre las paredes una chispa viajaba por las venas de cobre embutidas en el revoque y comenzara a obrar el milagro que solo Mateo conocía.
Con aquel golpe de energía proveniente de aquel viejo interruptor las paredes salían de su retargo y comenzaban a despertar.
No abrían ojos de carne, claro está, sino ojos de sombra, relieve y memoria. Primero se desperezaban con un rumor leve similar a aquel que produce la madera cuando el sol sale después de una noche helada. Luego, la cal blanquecina comenzaba a tomar colores que algunos piensan que es sintoma de vejez pero que en realidad es la forma como las paredes responden a las situaciones cambiantes de la vida. En el muro oriental, la grieta que cruzaba desde el zócalo hasta la moldura dejaba de ser una herida seca: se estiraba, bostezaba y comenzaba a proyectar el eco de las risas de los niños que habían corrido por allí setenta años atrás.
En la pared del fondo, donde el yeso guardaba la sombra de los viejos marcos de retratos ya desaparecidos, la luz cálida revelaba siluetas que se acomodaban despacio, como si adecuaran sus posturas para descansar después de un largo letargo en las sombras. Las paredes de la casa de mateo se volvían así atentas, tibias y preparadas para el. Basicamente eran complices de las historia de aquel viejo relojero. . Si Mateo suspiraba al llegar cansado, el estuco parecía combarse apenas un milímetro, amortiguando sus penas para así darle más espacio donde descansar. Todo pues se confabulaba para ofrecerle un abrigo silencioso que ningún fuego de chimenea podría igualar. Durante las horas de luz artificial, la casa no estaba realmente vacía: y además había algo que muchos repetían en frases en los bares del pueblo. Cuidado que las paredes tienen oídos. La realidad es que no solamente los muros recordaban cada palabra que habían absorbido a lo largo de un siglo largo, sique que además las comunicaban por medio de un polvillo dorado en el aire que tarde o temprano era llevado por el viento hasta algúna otra casa Así era el proceso de polinización de ideas entre las casas de aquel pueblo.
Mateo aprendió a convivir con ese despertar. No leía en la cama sin antes desearles buenas noches con la mirada, ni dejaba la bombilla encendida más de lo necesario, pues sentía que exigirle demasiada vigilia a la cal terminaría por fatigar los cimientos y los pensamientos de sus paredes rusticas.
Una noche de invierno sin embargo todo se convirtió en una crisis , una tormenta derribó los cables del tendido eléctrico. La casa quedó sumida en una penumbra densa y los muros callaron de golpe, volviéndose otra vez inerte, fría y ajena. Mateo, desorientado, tanteó la pared buscando el interruptor. Lo accionó por puro reflejo, pero nada ocurrió. La oscuridad seguía intacta y los muros continuaban dormidos.
Los muros de la casa comenzaron a crujir como nunca antes y un sentimiento de soledad comenzó a invadir cada cuarto hasta que el alma de Mateo se fue llenando de tristeza. No entendía que sucedia pero si sabía que su casa estaba sufriendo ya que la luz eléctrica había parado de funcionar
Sintiendo la soledad más honda que nunca el anciano se acercó a tantas hasta una mesita que estaba localizada en el pasillo central de la casa. Allí encontró un cajita con la cara de un indio pielrojoa y el anciano encendió una cerilla. La llama tembló, tímida y minúscula, pero su destello acarició el yeso áspero junto a la puerta.
La cal de aquella pared no despertó de golpe como con la electricidad, pero la grieta más cercana tembló suavemente, reconociendo el calor y . Mateo sonrió, comprendiendo que a veces las paredes solo necesitan una pequeña chispa, propia o ajena, para recordar que están vivas y no dejarte jamás a solas con tus sombras.
El fósforo se consumió hasta rozarle las yemas de los dedos, pero Mateo no volvió a quedar a oscuras. Había buscado anes en la alacena un cabo de vela de cera de abeja, lo encendió y lo colocó sobre un pequeño plato de cerámica que tenía.
Lo curioso es que comprendió que Caminar con esa llama viva por el pasillo era como abrir un libro de páginas amarillentas de vejez. Con la bombilla eléctrica, el despertar de las paredes era nítido, casi reverente, como una fotografía multicolor que cobra foco al instante. Pero con la vela, el despertar era una danza lenta y unicolor.
Al moverse el fuego, las sombras temblaban y las paredes empezaron a recordar y contar secretos más antiguos, de esos que no caben bajo la luz de un único bombillo.
En la esquina del salón, donde la humedad había dejado un mapa caprichoso, el revoque comenzó a exhalar una melodía sorda: Más allá, junto a la ventana, la cal comenzaba a recordar las risas de niños que antes vivieron allí y hacían eco de dos voces jóvenes despidiéndose antes de un viaje sin retorno Eran los hijos de Mateo que se fueron y nunca más volvieron. Las paredes no solo guardaban la dicha de la casa; también custodiaban sus despedidas, arropadas en capas de pintura vieja que nadie se había atrevido a raspar.
Mateo apoyó la palma abierta sobre el muro del pasillo. Ya no sentía el yeso áspero, sino una vibración suave, como el pulso lento de un animal bondadoso hibernando.
—Están cansadas, ¿verdad? —murmuró al aire.
La pared le respondió con un crujido dulce, desprendiendo un fino olor a cal viva y a ropa planchada de domingo. Habían sostenido demasiadas vidas, demasiados inviernos, demasiadas miradas solitarias que buscaban en ellas una respuesta que el silencio del pueblo no daba.
Comprendió entonces que la electricidad las obligaba a despertar de golpe, en guardia, listas para dar compañía a quien accionara la llave. Pero el fuego de aquella pequeña lumbre las dejaba soñar despiertas, hablar bajito y recordar a su propio ritmo.
Afuera, la tormenta arreció, aullando contra los cristales y sacudiendo las vigas del techo. Sin embargo, en el interior no había frío ni desamparo. Mateo se sentó en su sillón, con la vela titilando en la mesilla auxiliar, y cerró los ojos. A su alrededor, los cuatro costados de la habitación velaban su descanso, respirando al unísono con él, proyectando en la penumbra una guardia paciente que mantendría el mundo a salvo hasta que llegara el alba, pero aquella noche el alba nunca llego y Mateo se fue con el corazón feliz de sentirse rodeado de las paredes que realmente lo amaban y el adoraba.