Pedro utiliza la imagen de Jesucristo como la “piedra viva”, la piedra fundamental sobre la que Dios edifica su pueblo. Aunque fue “rechazada por los hombres”, Jesús es precioso a los ojos de Dios, y todos los que confían en Él no serán defraudados. Así, los creyentes, al ser “piedras vivas”, se integran en esta construcción divina, formando un templo espiritual (donde la iglesia eres tú). Además, el apóstol resalta la identidad de los cristianos como “pueblo elegido por Dios, sacerdotes al servicio del Rey, nación santa”, recordándoles que han sido llamados de la oscuridad a la luz de Dios para proclamar su grandeza. Antes, no tenían una identidad espiritual clara, pero ahora son parte del pueblo de Dios y han recibido su misericordia. Esta identidad otorga a los cristianos una misión: vivir de acuerdo con la luz recibida y testificar de las obras de Dios, manifestando su amor y misericordia al mundo.