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El 11 de junio de 1963, el monje budista Thích Quảng Đức se sentó en una de las calles más transitadas de Saigón, se roció con gasolina y, envuelto en llamas, permaneció inmóvil meditando, en protesta por la persecución religiosa del régimen de Vietnam del Sur. En plena Guerra de Vietnam, aquel acto se convirtió en un símbolo de resistencia. Las fotografías de su sacrificio dieron la vuelta al mundo, ganaron un premio Pulitzer y sirvieron para cuestionar las políticas adoptadas por el régimen de Ngô Đình Diệm. Tras su funeral, en el que sus restos fueron finalmente reducidos a cenizas, el corazón de Quảng Đức no se quemó, por lo que fue recuperado y resguardado como una reliquia, símbolo de su compasión. En el delta del Mekong, otro hombre también dejó su huella en ese infierno. Como jefe de la Misión Sanitaria Española en Ayuda a Vietnam del Sur, este médico militar, veterano de la Guerra Civil y de la División Azul, salvaría miles de vidas junto a sus compañeros. Así fue como Argimiro García Granados llevó el alma de Galicia a Vietnam, desde Santiago de Compostela a Saigón.
En la tradición medieval se vincula a los caballeros templarios, guardianes de los secretos de Tierra Santa, con el Santo Grial, el cáliz de la Última Cena. Según el Parzival de Wolfram von Eschenbach, del siglo XIII, los templarios protegían este relicario en castillos ocultos, grabando símbolos crípticos en piedra para señalar su paso. Sus fortalezas, desde Jerusalén hasta Europa, eran altares del misterio, donde la fe y el enigma se entrelazaban, quizá fue uno de los motivos por los que fueron borrados de la faz de la Tierra. Lo que seguro pocos saben es que la villa gallega de Noia es un lugar sagrado que guarda una del legado templario: la iglesia de Santa María a Nova y su cementerio, la Quintana dos Mortos. Construida en 1327 y rodeada de lápidas con grabados que evocan gremios y, según la tradición, a los templarios, este enclave es un testamento de la Galicia medieval. Sus símbolos, como los del mítico Grial, esconden historias de marineros y caballeros. Esta es la historia de Santa María de Noia y su enigmático camposanto.
En la mitología griega, Poseidón, dios del mar, creó las ostras como un regalo para los mortales. Estas criaturas, cerradas como cofres secretos, guardan en su interior una perla nacida de un grano de arena transformado por el tiempo, un tesoro que los antiguos romanos valoraban como delicia en sus banquetes y que los griegos asociaban con Afrodita, diosa del amor nacida de la espuma marina. Poseidón, con su tridente, aseguraba que las ostras fueran un manjar reservado a quienes se atrevieran a abrir el mar, un recordatorio de que la verdadera riqueza se esconde en las profundidades. Los griegos, que cultivaban ostras en estanques naturales, veían en ellas un tesoro que el mar ofrecía a quien supiera esperar. Muchos siglos después de que aquellos dioses fueran olvidados, en las rías gallegas otro tesoro emergió de las olas: las bateas, plataformas flotantes que transformaron el cultivo de mejillones y ostras en un arte. No nacieron en Grecia, sino en lejanas costas asiáticas, pero en Galicia encontraron su hogar perfecto, como si Poseidón hubiera susurrado su secreto a nuestras olas. Esta es la historia del origen de las bateas, cómo llegaron a Galicia y su evolución.
En 1955, un alfarero de Mondoñedo llamado Tito Freire estaba dándole vueltas a un problema que le habían planteado algunos de sus clientes. Necesitaban un recipiente especial para quemar aguardiente en reuniones familiares, algo que aguantara el fuego y tuviera buena presencia. Tito, hombre práctico y con experiencia, diseñó una especie de tartera de barro cocido con patas, pensando que serviría para esa moda que empezaba a extenderse entre algunos nostálgicos emigrantes gallegos. Lo que Tito no podía imaginar era que su sencilla creación se convertiría en el altar de uno de los rituales más famosos de Galicia, conocido en el mundo entero. Doce años después, en 1967, en un barco decomisado del puerto de Vigo, un empleado del Banco Pastor recitaría por primera vez unos versos que empezaban así: "Mouchos, coruxas, sapos e bruxas...". Entre el pote de Tito y las palabras de Mariano, entre un barco abandonado y la retranca gallega, nació la queimada moderna, ese ritual que durante décadas hizo creer a todo el mundo que era el eco de antiquísimos conjuros celtas transmitidos de generación en generación. Pero la queimada, tal y como la conocemos hoy, no es una tradición milenaria, es una invención reciente que logró algo extraordinario: convencer a todo un pueblo de que siempre había existido. Y su inventor se llamaba Mariano Marcos Abalo.
En 1513, un funcionario florentino escribió un libro que iba a cambiar la historia de la política y la diplomacia. Se titulaba “El Príncipe” y su autor, Niccolò Maquiavelo, planteaba algo que escandalizó a Europa: que el poder no se gobierna con moral, sino con astucia, y que los reinos se mantienen con estrategia, no con virtud. Aquel tratado fue prohibido, censurado y condenado por la Iglesia, pero leído por todos los que querían mandar. Desde entonces, el adjetivo maquiavélico se convirtió en sinónimo de habilidad política sin escrúpulos. Lo curioso es que, poco más de un siglo después, en la corte de Inglaterra apareció un hombre que fue considerado la reencarnación de aquel príncipe. Era culto, discreto y brillante, hablaba varios idiomas, citaba a Cicerón, regalaba libros a sus enemigos y convencía con palabras donde otros fracasaban con cañones. Se ganó la confianza del rey Jacobo I, desarmó la propaganda anticatólica y desactivó complots angloholandeses con una sonrisa y una pluma. Los ingleses lo llamaban “el Maquiavelo español” y era conde de una importante villa gallega, pero su verdadero nombre era Diego Sarmiento de Acuña, el conde de Gondomar.
En la religión de los pueblos celtas un dios ocupaba lo más alto del escalafón. Los galos le llamaban Lugus, los irlandeses Lugh y los galeses Lleu. En la ciudad de Lugdunum (actual Lyon), llamada así en su honor, se celebraba el Lugnasah, un festival que celebraba el matrimonio sagrado entre este dios y la Tierra. Al bosque sagrado de Lugh acudían druidas y devotos de los pueblos celtas desde lugares de toda Europa, convirtiendo aquellas reuniones en uno de los eventos más importantes de la religión celta. El emperador Augusto estableció que aquella fiesta, que se celebraba en la capital de la Galia romana, fuera un festival del imperio, dirigiendo hacia su persona el rito sagrado con la intención de usurpar la figura del dios celta en sí mismo y asegurarse la fidelidad de sus súbditos. Por eso a nadie le puede sorprender que en el año 12 a.C., Roma decidiera fundar en la Gallaecia una importante ciudad con la que sellar la paz con los galaicos y proteger el Bosque Sagrado de Augusto. Con el tiempo, este lugar llegaría a convertirse en la capital de toda Hispania Superior y en el asentamiento urbano más antiguo de la Galicia actual: Lucus Augusti. Lugo.
Filón de Bizancio fue un ingeniero, inventor y escritor griego del siglo III a.n.e cuyas obras trataron sobre campos como la mecánica, las matemáticas, la hidráulica o la neumática. De su privilegiada mente salieron infinidad de ideas y conceptos nunca vistos sobre construcción de puertos, máquinas de guerra ofensivas y defensivas, dispositivos que funcionaban por presión del aire o del agua e incluso juguetes mecánicos. Filón inventó la cadena, el muelle, una ballesta automática, un precursor del termómetro e incluso el primer molino de agua de la historia. Este “protomolino” realmente era un artilugio conocido como la rueda de Perachora, de donde partiría el concepto para los molinos de agua, un invento revolucionario que cambiaría para siempre la historia de la humanidad y que se empleaba no solo para la molienda del grano, sino también para fraguas y trabajos agrícolas, aunque no se popularizaría hasta la baja Edad Media. La importancia de los molinos llegó a ser tan extraordinaria que se creaban industrias a su alrededor y eran protegidos y promovidos por reyes y Estados. Por ese motivo, en el siglo XVIII, un francés que se había enamorado de Ferrol vio en los molinos una gran oportunidad de negocio y creó, junto a otro compatriota, la mayor fábrica de harinas de España, la Real fábrica de harinas de Xuvia, un lugar que se convirtió en la capital harinera del país. El nombre de aquel emprendedor era: Juan de Lestache Nugos.
En 1937, mientras en España ardían los frentes de la Guerra Civil, el régimen de Franco empezaba a diseñar su nuevo orden moral nacional y católico. Uno de sus primeros objetivos no fue un ejército ni un partido, sino una fiesta. Ese año, el Carnaval fue oficialmente prohibido en las zonas bajo control franquista y las máscaras, los disfraces y las comparsas fueron reducidas al silencio. Las celebraciones paganas eran consideradas peligrosas, subversivas y contrarias a la "seriedad" del nuevo Estado. En Italia, Mussolini había hecho lo mismo, al igual que Hitler en la Alemania nazi. Pero en Galicia, el Entroido tenía raíces más profundas que cualquier decreto y, aunque muchos pueblos guardaron los trajes, las caretas y los antifaces bajo llave, otros los sacaron a la calle disfrazados, literalmente, de procesión militar. Así nació, mejor dicho, así se transformó, una de las celebraciones más singulares del país, una comedia vestida de ritual, una sátira política a lomos de caballo, un carnaval que sobrevivió disfrazado de procesión, la Procesión do Entroido dos Xenerais da Ulla.
En 1810, un confitero francés llamado Nicolas Appert revolucionó la historia de la alimentación respondiendo a un desafío de Napoleón, que ofrecía 12.000 francos a quien ideara un método para conservar alimentos durante largo tiempo. Appert descubrió que calentando comida en frascos de vidrio sellados herméticamente podía preservarla sin que se echara a perder. Su invento, precursor de las conservas modernas, no solo alimentó a los ejércitos franceses, sino que cruzó fronteras y océanos, transformando la manera en que el mundo guardaba sus cosechas y capturas. Mientras los frascos de Appert se extendían por Europa, en un rincón del Atlántico, una ciudad gallega comenzaba a escribir su propia historia con el mar. En A Coruña, en 1836, nacía una fábrica que, según algunas fuentes, podría ser la primera de España en enlatar los tesoros del océano. Esta es la historia de cómo una empresa pionera llevó el sabor de Galicia a mesas lejanas, tejiendo una red que unió la calidad y tradición de la costa con el mundo: La Coruñesa.
En la Edad Media, los monasterios no eran solo lugares de oración, también eran centros de poder, de producción, de almacenamiento y de redistribución. Mientras las iglesias controlaban el alma, los monasterios controlaban la tierra y no era raro que los campesinos pagaran sus tributos con vino, harina, huevos, manteca, animales vivos y, en las zonas costeras, también con pescado. Pero el pescado fresco no podía viajar largas distancias, así que lo hacía el seco, el curado, el que resistía el tiempo y los viajes. Así fue como nació una historia que une el mar con la montaña, una historia de calzadas medievales, de redes eclesiásticas y de un noble que cambió el curso de la gastronomía gallega sin saberlo. Su nombre era Diego Arias y, en 1112, donó el coto de Marín, una villa marinera, al Monasterio de Oseira. Ese piadoso acto abrió una ruta de tributos que llevó el pulpo seco desde la costa hasta el interior. Diego no podía imaginar que, con el tiempo, ese gesto devoto se convirtió en un rito profano que dio origen a uno de los platos más icónicos de Galicia. Porque el polbo á feira no nació al borde del mar, sino a fuego lento en las tierras del interior. Y esta es su historia.
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