Hogares Nuevos - Homilías del Padre Ricardo Facci

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Hogares Nuevos - Homilías del Padre Ricardo Facci episodes

  • Homilía 01-04-2021
    "Los amó hasta el extremo". El camino que nos muestra Jesús en este Jueves Santo es convertirnos en Eucaristía para los demás.
    13 min
  • Homilía 07-03-2021
    Dejen lo superficial y profundicen en su interior, porque Jesús sabe lo que hay dentro de cada hombre. - P. Ricardo Facci
    23 min
  • Homilía 30-12-2020
    Epístola I de San Juan 2,12-17.
    Hijos, les escribo porque sus pecados han sido perdonados por el nombre de Jesús.
    Padres, les escribo porque ustedes conocen al que existe desde el principio. Jóvenes, les escribo porque ustedes han vencido al Maligno.
    Hijos, les he escrito porque ustedes conocen al Padre. Padres, les he escrito porque ustedes conocen al que existe desde el principio. Jóvenes, les he escrito porque son fuertes, y la Palabra de Dios permanece en ustedes, y ustedes han vencido al Maligno.
    No amen al mundo ni las cosas mundanas. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él.
    Porque todo lo que hay en el mundo -los deseos de la carne, la codicia de los ojos y la ostentación de la riqueza.- Todo esto no viene del Padre, sino del mundo.
    Pero el mundo pasa, y con él, sus deseos. En cambio, el que cumple la voluntad de Dios permanece eternamente.
    Salmo 96(95),7-8a.8b-9.10.
    Aclamen al Señor, familias de los pueblos,
    aclamen la gloria y el poder del Señor;
    aclamen la gloria del nombre del Señor.
    Entren en sus atrios trayendo una ofrenda,
    adoren al Señor al manifestarse su santidad:
    ¡que toda la tierra tiemble ante él!
    Digan entre las naciones: “¡El Señor reina!
    el mundo está firme y no vacilará.
    El Señor juzgará a los pueblos con rectitud”.
    Evangelio según San Lucas 2,22.36-40.
    Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,
    Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.
    Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.
    Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
    Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea.
    El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.
    10 min
  • Homilía 29-12-2020
    Epístola I de San Juan 2,3-11.
    Queridos hermanos:
    La señal de que lo conocemos, es que cumplimos sus mandamientos.
    El que dice: "Yo lo conozco", y no cumple sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él.
    Pero en aquel que cumple su palabra, el amor de Dios ha llegado verdaderamente a su plenitud. Esta es la señal de que vivimos en él.
    El que dice que permanece en él, debe proceder como él.
    Queridos míos, no les doy un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo, el que aprendieron desde el principio: este mandamiento antiguo es la palabra que ustedes oyeron.
    sin embargo, el mandamiento que les doy es nuevo. Y esto es verdad tanto en él como en ustedes, porque se disipan las tinieblas y ya brilla la verdadera luz.
    El que dice que está en la luz y no ama a su hermano, está todavía en las tinieblas.
    El que ama a su hermano permanece en la luz y nada lo hace tropezar.
    Pero el que no ama a su hermano, está en las tinieblas y camina en ellas, sin saber a dónde va, porque las tinieblas lo han enceguecido.
    Salmo 96(95),1-2a.2b-3.5b-6.
    Canten al Señor un canto nuevo,
    cante al Señor toda la tierra;
    canten al Señor, bendigan su Nombre.
    Día tras día, proclamen su victoria.
    Anuncien su gloria entre las naciones,
    y sus maravillas entre los pueblos.
    No son más que apariencia,
    en su presencia hay esplendor y majestad,
    en su Santuario, poder y hermosura.
    Evangelio según San Lucas 2,22-35.
    Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,
    como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor.
    También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
    Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él
    y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.
    Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley,
    Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:
    "Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido,
    porque mis ojos han visto la salvación
    que preparaste delante de todos los pueblos:
    luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel".
    Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él.
    Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: "Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción,
    y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos".
    17 min
  • Homilía 28-12-2020
    Epístola I de San Juan 1,5-10.2,1-2.
    La noticia que hemos oído de él y que nosotros les anunciamos, es esta: Dios es luz, y en él no hay tinieblas.
    Si decimos que estamos en comunión con él y caminamos en las tinieblas, mentimos y no procedemos conforme a la verdad.
    Pero si caminamos en la luz, como el mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado.
    Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.
    Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y purificarnos de toda maldad.
    Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso, y su palabra no está en nosotros.
    Hijos míos, les he escrito estas cosas para que no pequen. Pero si alguno peca, tenemos un defensor ante el Padre: Jesucristo, el Justo.
    El es la Víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.
    Salmo 124(123),2-3.4-5.7bc-8.
    Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
    cuando los hombres se alzaron contra nosotros,
    nos habrían devorado vivos.
    Cuando ardió su furor contra nosotros,
    las aguas nos habrían inundado,
    un torrente nos habría sumergido,
    nos habrían sumergido las aguas turbulentas.
    de la trampa del cazador
    Nuestra vida se salvó como un pájaro
    de la trampa del cazador:
    la trampa se rompió y nosotros escapamos.
    Nuestra ayuda está en el nombre del Señor,
    que hizo el cielo y la tierra.
    Evangelio según San Mateo 2,13-18.
    Después de la partida de los magos, el Angel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo".
    José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.
    Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta: Desde Egipto llamé a mi hijo.
    Al verse engañado por los magos, Herodes se enfureció y mandó matar, en Belén y sus alrededores, a todos los niños menores de dos años, de acuerdo con la fecha que los magos le habían indicado.
    Así se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Jeremías:
    En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen, porque ya no existen.
    8 min
  • Homilia 27-12-2020
    Libro de Génesis 15,1-6.17,5.21,1-3.
    En aquellos días, la palabra del Señor llegó a Abrám en una visión, en estos términos:
    "No temas, Abrám. Yo soy para ti un escudo. Tu recompensa será muy grande".
    "Señor, respondió Abrám, ¿para qué me darás algo, si yo sigo sin tener hijos, y el heredero de mi casa será Eliezer de Damasco?".
    Después añadió: "Tú no me has dado un descendiente, y un servidor de mi casa será mi heredero".
    Entonces el Señor le dirigió esta palabra: "No, ese no será tu heredero; tu heredero será alguien que nacerá de ti.
    Luego lo llevó afuera y continuó diciéndole: "Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas". Y añadió: "Así será tu descendencia".
    Abrám creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación.
    Y ya no te llamarás más Abrám: en adelante tu nombre será Abraham, para indicar que yo te he constituido padre de una multitud de naciones.
    El Señor visitó a Sara como lo había dicho, y obró con ella conforme a su promesa.
    En el momento anunciado por Dios, Sara concibió y dio un hijo a Abraham, que ya era anciano.
    Cuando nació el niño que le dio Sara, Abraham le puso el nombre de Isaac.
    Salmo 105(104),1b-2.3-4.5-6.8-9.
    Hagan conocer entre los pueblos sus proezas;
    canten al Señor con instrumentos musicales,
    pregonen todas sus maravillas!
    ¡Gloríense en su santo Nombre,
    alégrense los que buscan al Señor!
    ¡Recurran al Señor y a su poder,
    busquen constantemente su rostro!
    recuerden las maravillas que él obró,
    sus portentos y los juicios de su boca!
    Descendientes de Abraham, su servidor,
    hijos de Jacob, su elegido:
    El se acuerda eternamente de su alianza,
    de la palabra que dio por mil generaciones,
    del pacto que selló con Abraham,
    del juramento que hizo a Isaac.
    Carta a los Hebreos 11,8.11-12.17-19.
    Hermanos:
    Por la fe, Abraham, obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba.
    También por la fe, Sara recibió el poder de concebir, a pesar de su edad avanzada, porque juzgó digno de fe al que se lo prometía.
    Y por eso, de un solo hombre, y de un hombre ya cercano a la muerte, nació una descendencia numerosa como las estrellas del cielo e incontable como la arena que está a la orilla del mar.
    Por la fe, Abraham, cuando fue puesto a prueba, presentó a Isaac como ofrenda: él ofrecía a su hijo único, al heredero de las promesas,
    a aquel de quien se había anunciado: De Isaac nacerá la descendencia que llevará tu nombre.
    Y lo ofreció, porque pensaba que Dios tenía poder, aun para resucitar a los muertos. Por eso recuperó a su hijo, y esto fue como un símbolo.
    Evangelio según San Lucas 2,22-40.
    Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,
    como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor.
    También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
    Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él
    y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.
    Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley,
    Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:
    "Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido,
    porque mis ojos han visto la salvación
    que preparaste delante de todos los pueblos:
    luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel".
    Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él.
    Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: "Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción,
    y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos".
    Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.
    Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.
    Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
    Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea.
    El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.
    28 min

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