La semana pasada vimos la Gran fe de una mujer gentil, dónde el Señor Jesús salió de tierra Judía donde estaba enfocado su ministerio y pasó a Tiro y Sidón, allí fue que una mujer Cananea y sirofenicia, lo que significaba que era gentil, de cultura pagana, se acerca clamando a Jesús por su misericordia para que liberara a su hija del tormento de un demonio. Las respuestas de Jesús fueron difíciles de escuchar por nuestra parte, primero silencio, luego los discípulos le ruegan a Jesús que la despida, después Jesús habla diciéndole que su llamado es a las ovejas perdidas de Israel y remata con un ejemplo donde los hijos tienen derecho a comer del pan y no tirarlo a los perritos domésticos, pero esta mujer responde con una humildad y entendimiento que cala lo más profundo del corazón y allí el Señor termina la prueba de la fe de esta mujer. Solo una migaja era suficiente.Hermanos, todos en algún momento hemos pasado por situaciones donde sentimos que ya no tenemos fuerzas. Momentos donde las respuestas se acaban, los recursos no alcanzan y pareciera que el camino se vuelve demasiado difícil. El pasaje de hoy nos enseñará algo hermoso: Cuando nuestras fuerzas se acaban, la compasión de Cristo no termina, cuando nuestros recursos son insuficientes, el poder de Cristo sigue siendo suficiente. Hoy en Mateo15 ya terminando el estudio de este hermoso capítulo, veremos dos escenas, Primero veremos a Jesús sanando a muchas personas enfermas, y el punto allí está en que muchas son gentiles, y Segundo, es que su compasión se anticipa a la necesidad de una multitud hambrienta. En las dos escenas el texto nos revela que Jesús no es indiferente al dolor humano, Él ve, se compadece, actúa y transforma. Su compasión no solo sana, sino que satisface; no solo provee también sacia, no solo alimenta el cuerpo, sino que nutre el alma.Hoy, quiero que juntos exploremos este pasaje con mente y corazón abiertos. Veremos cómo la mano de Cristo se extiende para tocar a los "mutilados" de la vida, cómo su corazón siente el clamor de los hambrientos, y cómo su poder transforma lo poco que tenemos en una abundancia que nos sobrepasa. Al final de este tiempo, mi oración es que cada uno de ustedes, no importa cuán vacía se sienta su alma o cuán desesperada sea su situación, deseo que encuentre en Cristo la plenitud y la esperanza inagotable que Él ofrece por su gracia.