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Dios, en su gracia, confronta a su pueblo por medio de su palabra, lo sostiene con su presencia y lo transforma conduciéndolo a una vida de fe y de obediencia.
Porque el Dios trino nos ha salvado por su gracia, para alabanza de su gloria, debemos vivir para glorificarlo y encontrar nuestro mayor gozo solamente en Él.
Cuando el pueblo escoge nuevos dioses, viene esclavitud, y la guerra está a las puertas. Solo arrepentimiento y fe traen liberación.
Dios, en su soberanía, salva a su pueblo de maneras asombrosas para que confìe en su Palabra y le dé toda la gloria.
Porque Dios salva por gracia, no debemos confiar en nuestras propias fuerzas ni nuestros meritos, sino descansar plenamente en Cristo, nuestro único y perfecto salvador.
Jeremías nos recuerda que hay tiempos oscuros. Miramos alrededor y parece que no hay esperanza. Pero la voz de Dios en su Palabra continúa obrando.
Porque Dios provee abundantemente todo lo necesario, y nos ha entregado en Cristo su don inefable, debemos dar de manera voluntaria, alegre y confiada, para suplir necesidades y producir acciones de gracia para la gloria de Dios.
La verdadera generosidad cristiana nace de la gracia de Dios cuando comprendemos lo que Cristo hizo por nosotros.
La mayordomía cristiana comienza cuando nosotros reconocemos que Dios es el dueño de todo, y que nuestro corazón va a revelar dónde está realmente nuestro tesoro. No somos dueños de los que tenemos. Somos administradores de lo que Dios nos ha confiado.
Olvidar al Señor nos lleva a un estado de miseria y esclavitud. Mas Dios, en su gran amor y fidelidad, aplica la disciplina redentora para que experimentando la aflicción y la angustia, nos recordemos de su gran amor y misericordia, y sepamos que solo Él es nuestro libertador y que solo Él nos puede dar reposo.
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