El pecado no es simplemente una serie de actos erróneos, sino una condición que afecta la totalidad del ser humano, desde la caída de Adán, toda la humanidad ha heredado una naturaleza corrupta, incapaz de buscar a Dios o agradarle. El pecado no solo nos separa de Dios, sino que nos esclaviza, nos vuelve enemigos de su santidad, y nos deja espiritualmente muertos. El ser humano no puede hacer nada verdaderamente bueno ante Dios sin la regeneración del Espíritu Santo. Por eso, la salvación no depende del esfuerzo humano, sino del decreto soberano de Dios, quien en su misericordia elige, llama y transforma a los suyos para su gloria.