La esperanza es una de las características propias del creyente en Cristo, que forma parte de su identidad como tal y que le fue otorgada juntamente con su salvación por medio del nuevo nacimiento. No es una ilusión, la cual se fragua en la imaginación de las personas y que no se ajusta a una verdadera realidad, sino que es ese ánimo que surge en el mismo creyente ante la posibilidad de alcanzar un objetivo o meta que desea.
Como en cada una de las nuevas etapas que comenzamos a lo largo de nuestra vida, en este nuevo año que comienza nos preguntamos qué nos deparará el mismo, qué plan tendrá el Señor con nosotros, qué nos dirá, a dónde nos guiará, etc. Poco o nada importa si recibimos respuesta, pues el propósito divino es trabajar en el fortalecimiento de nuestra fe al esperar en sus promesas, lo que realmente nos interesa y que nos distingue de los no creyentes, es cómo lo afrontamos.
La Biblia nos muestra cómo esa esperanza que hemos recibido de parte de Dios nos permite esperar confiados en el día de mañana, ya que descansa en sus promesas, las cuales son fieles y verdaderas.