Muchas veces evitamos la confrontación por comodidad. Evitar el enfrentamiento nos ahorra tener que hacer toda una serie de tareas desagradables. No siempre es por esta razón, ¡claro! Hay veces que es nuestra propia mala conciencia, la que nos previene de enfrentarnos a los demás. Si somos conscientes de nuestro propio mal, ¿cómo vamos a atrevernos a darle importancia al mal del otro? ¿Querríamos ser hipócritas? Especialmente si el otro es nuestro propio hijo. ¿Es que no somos acaso conscientes del peso que tiene nuestro propio ejemplo en nuestros hijos? El texto que veremos hoy nos muestra al rey David precisamente en esta misma situación y dando a todo el mundo la arriesgada impresión de ser un rey débil. Lo hemos visto ya en esta misma serie. El mal tiene consecuencias. Hay sin embargo alguien por encima de lo que estrictamente podemos esperar de nosotros mismos.... Podcast de Jose de Segovia sobre Segundo libro de Samuel, Cap. 14-15