Mi esposa creció en un pueblo perfecto: casas idénticas, vecinos amigables, y calles tan tranquilas que nadie cerraba con llave. Nos mudamos ahí por unos meses para ahorrar, justo antes de irnos a Los Ángeles. Yo solo quería escribir tranquilo… hasta que encontré un sendero oculto bajo las torres eléctricas. Ahí empecé a caminar todos los días, solo. Un lugar sucio, abandonado, lleno de basura, pero que sentía mío. Hasta que conocí al hombre de los dientes blancos.
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