Lucas 3:3,8. Cuando la indiferencia y la dureza del corazón son lo contrario a un corazón arrepentido, podemos pensar: ¡Yo no he hecho nada malo! ¡No tengo nada de qué arrepentirme! Pero el corazón duro e indiferente sabe que eso no es así, a lo largo del día podemos hacer muchas cosas que no son gratas al Señor: podemos hablar palabras ásperas y ofender, criticar, lastimar, menospreciar e incluso hacer sentir mal a quienes están a nuestro lado. En ese tiempo de 24 horas, también pecamos con nuestros pensamientos, con nuestros malos deseos, con nuestra queja interior, quizás hay falta de agradecimiento, hay envidia, hay egoísmo, hay falta de fe, hay temores; y tantas cosas que cada día debemos buscar en nuestro corazón para arrepentirnos de ellas, y ponernos a cuentas con El Señor, para siempre presentarnos limpios, libres y agradables ante Él. Juan el Bautista nos habla no solo de la necesidad que tenemos de arrepentimiento delante del Señor, sino también de la importante necesidad de manifestar en nuestra vida lo que Él ha hecho en nosotros. Recordemos que el arrepentimiento solo es el principio de algo nuevo que se ha generado en nuestro corazón; donde todo lo malo y sucio que estaba en nuestro interior, al ser expuesto y confrontado con la luz de Cristo, necesita ser desarraigado de nuestro corazón, para poder sembrar nuevas semillas a través de la palabra de Dios. Sabemos que toda semilla crecerá, se desarrollará, y posteriormente dará su fruto.