Cierto día un ratón jugaba sobre un león que dormía tirado al sol. El ratoncito de deslizaba por la panza del león como si fuera un tobogán peludo, saltaba en una pata alrededor de su ombligo. Hasta se animó a tocarle los bigotes.
El cuco y la solapa formaban una pareja terrible y siempre andaban juntos. Hacían verdaderos estragos entre los niños desobedientes, malcriados y llorones. Su hora era la siesta y el canto de las palomas anunciaban su paso.
Dulkancellin no podía dormir, pese a que la noche era una gran inquietud y unas cuantas estrellas persistían en las últimas grietas del cielo. La vida en Los Confines estaba acurrucada y hasta el retumbe lejano de la tormenta era otra forma del silencio.
-Yo quiero ser navegante- dijo esa mañana Marco Delarco-. Quiero pasarme la vida viajando en barco. Su tío abuelo Froilán Cha y su tía abuela Erica Noa,que se habían pasado la vida recorriendo el mundo y surcando los océanos más bellos y profundos, lo habían dejado como único legítimo heredero de un hermosísimo y excelente velero.
Me acerqué a la señora que atendía detrás del mostrador y le pedí que me mostrara algún libro de "ciencia fricción". Le dije que un amigo me había insistido mucho en que leyera algo de ese tipo.
Ella me miró con una cara tan sorprendida que por un momento pensé que tal vez me habría tomado por un extraterrestre.
El rey y la reina vivían en un enorme y lujoso palacio con su pequeño hijo Joaquín, el príncipe. Y también con muchas otras personas que realizaban todas las tareas necesarias para que ellos vivieran con comodidad. Joaquín era un chico como cualquiera. Pero a todos los que lo rodeaban, lo que más les importaba es que él era el príncipe.
Cierta vez, los animales del bosque decidieron hacer algo para afrontar los problemas del mundo y organizaron una escuela. Adoptaron un currículo de actividades consistente en correr, trepar, nadar y volar y, para que fuera más fácil enseñarlo, todos los animales se inscribieron en todas las asignaturas.
Una vez el pequeño niño fue a la escuela. Era muy pequeñito y la escuela muy grande. Pero cuando el pequeño niño descubrió que podía ir a su clase con solo entrar por la puerta, se sintió feliz. Una mañana, estando el pequeño niño en la escuela,su maestra dijo: -Hoy vamos a hacer un dibujo.
Había una vez una ballena que vivía en el Pacífico. Desde siempre, su familia había jugado al escondite en la barrera de coral o a espantar pececillos de colores. Pero las cosas había cambiado: la pequeña ballena no jugaba, sino que dedicaba su tiempo a nadar entre seres nunca vistos por aquel mar.
Se asomaba al balcón de la terraza, ajeno a todo, como quien está navegando en alta mar y otea un lejano horizonte. Desde abajo los vecinos que pasaban, le gritaban, -¡buenas tardes, don Pedro! Él hacía un imperceptible gesto, respondiendo apenas.
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