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El Siglo XVI está marcado a fuego por dos hechos: por un lado, la expansión ibérica en América, y por el otro la disputa entre los Habsburgo y los Otomanos por el control del Mediterráneo. Los grandes protagonistas del conflicto por el Mediterráneo son los hermanos Barbarroja: Aruj e Hizir. Aruj, aprovechando los tiempos de oportunidades, se hace de un nombre, Barbarroja, y de un territorio, Argel. Hizir, después de la muerte de su hermano, hereda el nombre y el territorio, así como el comando de la flota corsaria de su hermano. Armado con la flota corsaria más temida de la época, el nuevo Barbarroja va a transformarse en el auténtico dueño del Mediterráneo, inmortalizando su nombre, que hasta hoy en día significa piratería.
Hacia fines del Siglo XV, dos procesos análogos y contrapuestos culminan: la conquista otomana del Imperio Bizantino y la Reconquista española. Cuando los reinos ibéricos y la Sublime Puerta finalizan su consolidación territorial; el siguiente paso es seguir expandiéndose por el Mediterráneo. Esto llevó a las dos grandes superpotencias de inicios de la Modernidad a chocar, disputándose el control del Mar. En este mundo es que aparece Aruj Barbarroja. Oportunista, inteligente, despiadado y muy hábil, Aruj Barbarroja se hace de renombre como corsario en una época de violencia, saqueo, guerras constantes y conquista. Aruj es el primer corsario en llevar el apodo "Barbarroja". Sus hazañas, que lo transforman en un navegante legendario, van a poner en marcha el proceso de conflicto entre España y la Sublime Puerta.
Al-Ándalus había vivido una perpetua decadencia desde la caída de la Dinastía Omeya en el Siglo XI que manifestaba con constantes pérdidas territoriales frente a los reinos cristianos ibéricos. Para el Siglo XV, toda la Hispania musulmana se resumía al Reino de Granada, una tierra que había sabido mantener su independencia gracias a su riqueza y a la habilidad de sus gobernantes de navegar las aguas de la política ibérica. Sin embargo, la recién coronada Reina de Castilla Isabel y su esposo Fernando, heredero de Aragón, buscaban una excusa para concluir con el proceso de la Reconquista. Y la excusa llegó.
La Edad de Oro de Al-Ándalus había quedado en el pasado. El gobierno musulmán estaba en franco retroceso, y los reinos cristianos ganaban cada vez más poder. El punto de no retorno para los musulmanes ibéricos llega con la famosa batalla de las Navas de Tolosa, en la que los reinos cristianos derrotan a las fuerzas del Califato Almohade. Esta batalla cambia para siempre el balance de poder en la Península Ibérica. A partir de este momento, los reyes cristianos van a poner todo su empeño para completar lo que hoy en día llamamos la Reconquista. Las batallas iban a ser tanto físicas como simbólicas. Los cristianos sabían que, si pretendían acabar con el dominio musulmán en la Península Ibérica, debían privar a sus enemigos de su sede de prestigio: la famosa ciudad de Córdoba.
En el año 1845, las dos grandes superpotencias de la época, Francia y Gran Bretaña, bloquean todos los puertos de la Confederación Argentina. El casus belli: la intervención argentina en la guerra civil uruguaya. La razón real: la Ley de Aduana, que obligaba a todos los productos que entraban o salían de Argentina a pasar por Buenos Aires, y los aranceles a los productos extranjeros en las tierras de la Confederación. El bloqueo es acompañado por una campaña fluvial en el Río Paraná. Los franceses y británicos, que se sabían mejores en cuanto a tecnología, consideraban que podían obligar a la Confederación a abrir la navegación de los ríos interiores argentinos a la navegación internacional, y entonces despachan una flota río arriba. Los europeos no contaban con la voluntad de los argentinos para defender su país.
La Península Ibérica es, durante siglos, la sede de uno de los Estados medievales más prósperos de la Cuenca del Mediterráneo: El Califato Omeya de Córdoba. Los musulmanes llamaban a la Península Ibérica Al-Ándalus, y la transforman en un centro de cultura, ciencia y prosperidad. El esplendor de Al-Ándalus va a mermar con los siglos y, al mismo tiempo, los reinos cristianos del norte de la Península Ibérica van a ir ganando protagonismo en un proceso que se conoce como la Reconquista. De la misma manera que en el Este del Mediterráneo un poder musulmán, los turcos, estaba remplazando al prestigioso Imperio Romano de Oriente, en el Oeste son los cristianos los que van a remplazar al otrora prestigioso Califato.
Desde sus humildes orígenes como una simple tribu nómada que había llegado a Anatolia desde el centro de Asia, los Otomanos habían llegado lejos. El otrora pueblo estepario se había convertido en un sofisticado Estado de la tardía Edad Media. Los líderes otomanos, que habían sido gazis y beys, ahora eran Sultanes. El Sultán Murad II había sabido defender su territorio mediante un sabio uso de la política y de las artes militares. Su heredero, Mehmet II, hereda un Sultanato listo para dar el siguiente paso. Para los Otomanos, el paso lógico era transformarse en el gran Imperio del Mediterráneo. Para ello necesitaban una ciudad que les confiriera el título imperial: Constantinopla.
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Todavía no habían pasado doscientos años desde que los Otomanos aparecieran de improviso en la historia y ya se habían consolidado como la gran potencia del este del Mediterráneo. Siempre diligentes y expansivos, los Otomanos ocupan gran parte de los Balcanes y acercan su frontera al poderoso reino de Hungría. La Europa católica, hasta ahora muda ante la amenaza otomana, reacciona. El Papa instruye a Hungría realizar campañas para expulsar a los turcos de Europa. Estas campañas terminan en fracaso. En el año 1443, el Papa decide realizar un intento más: proclama una nueva Cruzada. El momento parecía ser propicio: el Sultanato Otomano era gobernado por un joven Mehmed II mientras su padre Murad II, quien había abdicado al trono en favor de su hijo, se dedicaba a combatir crisis y rebeliones en el extenso dominio otomano a uno y otro lado del Bósforo. Los cruzados buscaban capitalizar esta aparente debilidad otomana, y entonces se lanzan al ataque. El enfrentamiento entre ambas fuerzas va a decidir el destino de todo el suroeste europeo por los próximos quinientos años.
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La Edad Media podría definirse como la lenta decadencia del Imperio Romano de Oriente. A ojos del Mediterráneo, el Imperio con capital en Constantinopla era el último remanente del mundo antiguo. Atado a viejas costumbres y tradiciones, el Imperio Romano de Oriente no puede hacer frente a los nuevos competidores que surgen para ocupar su lugar. Sin embargo, gracias a las extraordinarias defensas de su capital, el Imperio Romano resiste. Ahora bien, uno de estos competidores, que surge al este del Estrecho del Bósforo va a aprovechar el vacío dejado por los Bizantinos para encarar una campaña de conquista sin igual: la Tribu de Osmán, los Otomanos. Los Otomanos van a protagonizar un ascenso meteórido liderados por los descendientes de Osmán, estrategas y visionarios. No va a pasar mucho tiempo hasta que los ejércitos de los Otomanos estén ante las murallas de la Ciudad del Deseo del Mundo, Constantinopla.
Constantinopla, la Ciudad del Deseo del Mundo, la capital del Imperio Romano en Oriente, el vínculo más importante de la cuenca del Mediterráneo con la Antigüedad. Durante mil años, Constantinopla fue Roma, y los bizantinos fueron los legítimos romanos. Ahora, bien, mil años es mucho tiempo, y no hay imperio que dure para siempre. El Imperio Bizantino pasa por una larga decadencia y, hacia fines de la Edad Media, ya era una sombra de lo que alguna vez había sido.
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