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Después de la muerte del emperador Valeriano, el Imperio Romano entra en una nueva crisis. Una vez más, los generales romanos se rebelan buscando el trono imperial, como tantas veces antes en la Crisis del Siglo III. Ahora, bien, esta vez había algo que había cambiado. Roma no parecía ofrecer garantías de estabilidad, por lo que a un general de la Galia, de orígenes humildes, se le ocurre una idea: tal vez, en vez de gobernar Roma, debería crear su propio imperio.
Cuando Valeriano asciende al trono imperial la clasde política romana esperaba que el nuevo emperador, perteneciente a la clase senatorial, estabilizara al Imperio. Lo que ocurre es todo lo contrario. Valeriano es capturado en batalla contra los sasánidas y el imperio desciende hacia el caos una vez más. Galieno, heredero de Valeriano, tiene que hacer frente a un gran número de pretendientes, pero termina cayendo y su dinastía muere con él. Sin embargo, más allá de que los Licinios no gobernaran Roma, sus descendientes políticos van a ser los encargados de arreglar a Roma.
Después de casi veinte años de caos político en el que el trono imperial era ocupado por soldados, un senador emerge como nuevo emperador: Valeriano, quien había sabido ocupar el puesto de Princeps Senatus. Para Roma, el ascenso de Valeriano, perteneciente a la Gens Licinia, la misma de Craso, significaba un retorno a la estabilidad institucional. Sin embargo, los romanos se llevan una desagradable sorpresa. Valeriano, defendiendo al Imperio de un ataque sasánida, va a terminar transformándose en el único emperador de la historia romana en ser capturado por el enemigo. El Imperio, después de su muerte, se quiebra.
Alejandro es el último de los emperadores de la dinastía Severa. A diferencia de su primo y antecesor Heliogábalo, Alejandro había sido educado para gobernar Roma como un romano. Su gobierno es bueno, el Imperio vive una nueva etapa de prosperidad. Se soluciona la crisis económica. Se promueven el arte y la cultura. Se toleran todas las religiones. Roma parecía haber encontrado el gobernante que había estado buscando. Sin embargo, Alejandro descuida una parte muy importante de la política romana: el ejército. Los legionarios no estaban conformes con el emperador Alejandro, e iban a actuar en consecuencia.
La Dinastía Severa cambia para siempre el panorama político de la Antigua Roma. Ahora había emergido un nuevo actor político tan disruptivo en la organización del poder estatal como lo había sido la plebe en la República: el ejército. Las legiones, a partir de Septimio Severo, pasan a ser formalmente la base del poder político imperial. Septimio Severo gobierna sabiendo que dependía de las legiones para mantenerse en el poder y beneficia a los soldados. Lo mismo hace Caracalla, su sucesor, quien es asesinado en el año 217. El trono imperial es usurpado por Macrino, quien perjudica a los soldados y entonces las legiones consiguen a un nuevo emperador, Heliogábalo, quien reestablece la Dinastía Severa que tanto había beneficiado a las legiones.
Septimio Severo llega al poder imperial gracias al ejército de Roma y lo sabe. Todo su gobierno va a estar dedicado a beneficiar a los soldados de Roma, a quienes usa de base de poder político. Sus últimas palabras para sus hijos Caracalla y Geta son: "Mantengan la paz, enriquezcan a los soldados y búrlense del resto". Sus descendientes siguen con la estrategia política de Septimio y quitan del centro de la escena política al Senado. El resultado: en Roma ahora el ejército determina quién gobierna y quién no. Es el principio del fin del Principado.
La muerte del emperador Cómodo marca el fin de la Dinastía Antonina. Una vez más son muchos los romanos que creen que el imperio estaría mejor gobernado por ellos mismos. Una vez más surgen varios pretendientes poderosos, y una vez más el Imperio queda para el mejor postor. Lo irónico es que, después de un período de crisis tan importante, el que emerge como ganador de este nuevo juego de tronos haya sido un descendiente del pueblo que llevó a Roma prácticamente a su destrucción.
El Imperio Romano es, para muchos, sinónimo de esplendor. Para otros es sinónimo de decadencia. Todos tienen algo de razón. El período de mayor esplendor para Roma, su Edad de Oro, tiene nombre propio: la Pax Romana; doscientos años de prosperidad imperial iniciados por su primer emperador, Octavio Augusto, en el 27 a.c., que finalizan abruptamente con el asesinato del último emperador de la Dinastía Antonina, Cómodo, en el último día del año 192. Es el período de los emperadores más conocidos, tanto por su infamia como por su grandeza. En definitiva, es el período del Alto Imperio.
El Imperio Romano había empezado bien con el gobierno de Octavio. Sin embargo, a partir del segundo emperador, Tiberio, empezaron los problemas. No pasó mucho tiempo hasta que los romanos empezaron a plantearse que, tal vez, el Imperio necesitaba una nueva familia gobernante. Esta oportunidad llegó al final del gobierno de Nerón. El problema fue que, ante la ausencia de la familia que había formado el Imperio, ahora había que decidir quién iba a ocupar su lugar.
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