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La Segunda Guerra Púnica fue, desde el principio, una pesadilla para Roma. Aníbal, el brillante general cartaginés, derrotó una y otra vez a los romanos en batalla. Sin embargo, de alguna manera, Roma seguía reclutando nuevos ejércitos. Cualquier otro Estado de la Antigüedad habría colapsado, pero Roma parecía tener recursos ilimitados.
Después de dos años de conflictos, los romanos todavía no podían expulsar a Aníbal de Italia. Lo habían probado todo: batallas en campo abierto, estrategias menos confrontativas, todo. Y ahora, era hora de volver a intentar. En el año 216 a.c., la República recluta un ejército enorme para los estándares de la época: noventa mil soldados son puestos al mando de los Cónsules Varrón y Paulo, y se dirigen a Cannas, con la misión de terminar con la amenaza cartaginesa. La Batalla de Cannas va a ser la obra maestra de Aníbal, la batalla en la que se consagra como uno de los mejores generales de toda la hsitoria, y va a ser el día más sangriento para la República Romana
En el 218 a.c., Aníbal entra en la Península Itálica después de un tortuoso cruce de los Alpes. Los romanos no esperaban un ataque desde el Norte; sin embargo no tardan en reaccionar y envían ejércitos consulares para enfrentarse al invasor púnico. Aníbal demuestra que era uno de los mejores generales de la Antigüedad y derrota a los romanos con facilidad. Llega el año 217 a.c., y Roma intenta nuevamente deshacerse del ejército invasor. En las batallas sucesivas, Aníbal va a demostrar una enorme capacidad táctica, forzando a los romanos a cambiar toda su estrategia.
Liderados por Amílcar Barca, los cartagineses habían iniciado una campaña de expansión en la Península Ibérica en el año 236 a.c. que resulta ser un éxito rotundo. Pronto Cartago se encuentra nuevamente en pie de igualdad con Roma, firmando el Tratado del Ebro en el año 226 a.c.
Amílcar Barca, León de Cartago, héroe de la Guerra Mercenaria, es elegido para comandar la expansión de su país en la Península Ibérica. Hasta el momento, los cartagineses se habían contentado con tener un Imperio comercial. Era hora de que Cartago se transformara en una potencia territorial. Después de Amílcar, Asdrúbal continúa su tarea. Y después de Asdrúbal, asume el mando uno de los mejores generales de la Historia: Aníbal Barca.
La Primera Guerra Púnica había terminado, y Cartago había sido derrotada por Roma, o por elección propia. Amílcar, que había derrotado varias veces a los romanos, sabía que el ejército cartaginés podría haber seguido combatiendo, por lo que se opuso a la rendición. Cuando el tratado entre Cartago y Roma se firma, Amílcar se retira de la vida pública. Sin embargo, una enorme crisis en su país lo va a obligar a asumir nuevamente el mando de las tropas cartaginesas, a las que va a conducir, una vez más, a la victoria.
Después de nueve años de batallas (y tres capítulos de podcast), la Primera Guerra Púnica todavía no iba ni por la mitad. En los años siguientes a la fallida invasión a África por parte de Roma, la guerra vuelve a Sicilia. Romanos y cartagineses van a ver como los recursos de sus Estados van decayendo hasta un punto crítico. Finalmente, una de las dos potencias va a ceder, pese a no haber sufrido una derrota definitiva.
Después de ocho años de conflicto, la Primera Guerra Púnica se había trasladado de Sicilia a África. Las legiones romanas seguían efectuando avances significativos, y Cartago seguía utilizando la misma estrategia que había llevado a que estuviese en esa posición desesperada. De repente, los cartagineses entienden qué es lo que habían estado haciendo mal, y deciden cambiar su estrategia.
Después de cuatro años de combates en Sicilia, la Primera Guerra Púnica había llegado a un punto muerto. Los romanos entendían que, si pretendían ganar, iban a tener que ir a combatir donde Cartago era más fuerte: el Mar. El problema es que los romanos no eran un pueblo marítimo. Su poderío estaba en sus disciplinadas legiones. No podían competir con los cartagineses en su propio terreno. Es en este punto donde el factor caótico de la Historia se hace presente: los romanos consiguen una oportunidad única de inclinar la balanza a su favor.
Cuando Pirro, Rey de Epiro, vuelve a su patria después de su campaña a Italia y Sicilia, se da cuenta de que los dos Estados contra los que luchó, Roma y Cartago, están en rumbo de colisión. No pasa mucho tiempo hasta que se presenta la oportunidad para que estas dos grandes potencias del Mediterráneo Occidental, que hasta el momento habían sido aliadas, se enfrenten en una de las más devastadoras guerras de la Antigüedad.
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