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La corta historia imperial había sido como una montaña rusa. Al esplendor del período de Augusto le siguió la tibieza de Tiberio, que finalizó con el Terror. Después llegó Calígula, quien demostró a los romanos que estaban a merced de los caprichos de los gobernantes. Claudio mostró que los emperadores podían ser capaces, pero, después de su muerte, llegó Nerón. Hay algo que se quiebra en el gobierno de Nerón: la confianza de los romanos en sus gobernantes. A partir de su gobierno, muchos romanos empezaron a pensar que, tal vez, ellos eran los que tenían que gobernar.
Tres emperadores habían gobernado Roma, el primero, Octavio, había sido el mejor. Desde ahí, todo fue cuesta abajo para el recientemente creado Imperio. Es, entonces, entedible la apatía con la que Claudio, subestimado hasta el cansancio por su propia familia, fue recibido por los romanos cuando ascendió al trono imperial en el año 41. Sin embargo, a pesar de que nadie esperase nada de él, Claudio lleva a Roma a un período de estabilidad y expansión sólo comparable con el gobierno de Augusto. Ahora, bien, todo lo bueno que fue el gobierno de Claudio tuvo como contraparte lo mala que fue su vida privada.
Calígula: posiblemente uno de los emperadores más infames de toda la historia romana. Con semejante descripción, podrán pensar que Calígula gobernó por décadas, pero lo cierto es que sólo estuvo en el poder cuatro años. En este tiempo, los romanos fueron del júbilo al horror, y terminaron retomando una vieja costumbre: el magnicidio.
Después de la venganza de Teutoburgo, Germánico vuelve a Roma. Tiberio lo envía en un viaje hacia el este imperial, y le asigna a Pisón como asistente. Esta decisión le termina costando la vida al heredero. Lo que empieza siendo un viaje de conexión con sus antepasados para Germánico termina siendo el final de su vida, ya que Pisón lo envenena. Sin Germánico, Tiberio se recluye y delega funciones en Sejano, el prefecto de la Guardia Pretoriana, quien había sido su mano derecha durante años. Lo que Tiberio no sabía era que Sejano había pasado muchos años perjudicando la imagen de Tiberio, y ahora buscaba el poder supremo en el Imperio.
La primera crisis del Imperio Romano es de sucesión. Octavio Augusto resuelve que Tiberio, su hijastro, va a ser su heredero, y que Germánico, hijo de Druso el Mayor y, por ende, sobrino de Tiberio, va a ser el siguiente en la línea sucesoria. Tiberio y Germánico pasan a la primera plana de la política romana, justo en los últimos años del gobierno del Primer Emperador. Es en estos años que ocurre la famosa Batalla del Bosque de Teutoburgo, una de las mayores catástrofes de la historia militar romana. Cuando Augusto muere, en el año 14, queda en manos de Tiberio y Germánico la tarea de vengar la derrota sufrida a manos de Arminio. Finalmente, el hombre que emprende la tarea es Germánico, que cruza el Rin en el año 15.
Augusto controlaba el ejército romano, controlaba la política romana, básicamente controlaba a Roma. Pero había algo que el Primer Emperador no podía controlar: el momento de su muerte. Octavio había demostrado tener una salud bastante frágil, por lo que la cuestión de la sucesión era un tema en el que no podía dejar de pensar. ¿Qué iba a pasar con el Imperio cuando él no estuviese? Las posibilidades eran limitadas, pero algo estaba claro: necesitaba un sucesor.
Carthago delenda est. Con esta frase concluía todos sus discursos, sin importar el tema, el famoso orador Catón el Viejo. Catón, como tantos romanos, temía a Cartago. El Estado púnico había sido el que más cerca había estado de destruir a la República romana. Después de un viaje al Norte de África, Catón lleva a Roma la noticia de que Cartago es, una vez más, una pujante potencia comercial. Para los romanos, esto es muy preocupante y, entonces, a instancias de Catón, se convencen de que la mayor rival de Roma debe ser destruída.
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Después de años de invasión, Aníbal se da cuenta de que Roma tiene recursos que parecen ilimitados. Cientos de miles de soldados romanos habían muerto en batalla contra los ejércitos cartagineses y, sin embargo, de alguna manera los romanos seguían reclutando tropas. Finalmente, esta capacidad de Roma de desplegar soldados de a decenas de miles termina inclinando la balanza. Aníbal se enfrenta al hecho de que para ganar una guerra, no sólo basta la capacidad militar, sino que se necesita una fuente inagotable de recursos. Por otro lado, mientras Aníbal veía como su proyecto de conquista quedaba trunco, en Roma surgía uno de los más grandes generales de toda su historia, Publio Cornelio Escipión, quien decide que es hora de llevar la guerra a África. En el 202 a.c., el destino del Mediterráneo Occidental se decide en Zama.
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