Sábado 27 de julio de 2024. Hermosillo, Sonora.
Es difícil pensar en la seguridad en este país sin pensar al mismo tiempo en deudas por saldar. En estos días ocurrieron al menos 2 acontecimientos que despertaron el interés de quienes escriben y escuchan y hablan de la cosa pública: el arresto de “El Mayo” Zambada y de uno de los Chapitos, y la publicación de una carta donde el presidente López Obrador se dirige a los padres y madres de las víctimas del atentado contra estudiantes ocurrido en 2014, en Ayotzinapa, Guerrero.
Preguntar qué tan pública es la seguridad pública equivale a cuestionar, cuando menos, un asunto: ¿hasta qué punto coincide lo que las corporaciones policiacas y militares dicen con lo que saben sobre lo que ocurre en el fondo de la violencia que aprieta a todos, pero que ahorca selectivamente, como se hizo notar en durante “la noche de Iguala”?
El tema de El Mayo y del Chapito aparece en los encabezados de todos los medios mexicanos, y una variedad de plataformas internacionales, tras una seguidilla de acontecimientos que por si misma puso en marcha, al menos en Sonora, una hermenéutica de la violencia: una forma de leer crimen con la luz apagada.
Hace unos días el Gobierno del Estado afirmó que los grupos delictivos con presencia en San Luis Río Colorado, es decir, el crimen organizado responsable del tráfico de drogas, de personas y de una interminable batería de actos que transitan cotidianamente por la frase “lesa humanidad”, superaron las fuerzas de la policía municipal.
Entonces uno, en la ignorancia, tiende a preguntar: ¿cómo llegó el gobierno del estado a la sombría conclusión de que la seguridad fue rebasada en la frontera? Es decir ¿qué sabe el gobierno sobre el tema que no sepan los sanluisinos?
En principio pensaría uno que nada, pues entre los argumentos que justifican la instalación de un Mando Único Policial se expone lo que ocurre a la vista de todos: que varios policías de San Luis Río Colorado fueron asesinados por el crimen organizado, incluyendo al jefe de la corporación. Que los municipales no pueden portar armas equiparables a las que utilizan los criminales. Es decir, lo evidente.
Entonces se pregunta uno si el sentido común tiene la potencia de la inteligencia de estado, aquel aparato al que López Obrador insiste en quitar el mote de “espionaje”: se pregunta uno si cualquier persona puede acceder a los alejados rincones de la información reservada tras una caminata a la tienda de a esquina, una charla de banqueta o un vistazo al parque, a las escuelas.
El tema de los capos es lo mismo: un día después del arresto en El Paso, Texas, la secretaria de seguridad sale a decir lo que, para este punto, todos sabíamos, o suponíamos: desplegó la funcionaria un discurso de tinte boletinesco: es decir, lleno de paja: con información en apariencia profunda pero superficial y vana.
De modo que la información privilegiada, el producto de la inteligencia gubernamental, en este caso, no dio para más: le alcanzó únicamente para dar la nota: la nota de que el gobierno mexicano ignoraba por completo la pesquisa que llevó al arresto de los narcos. Minutos más tarde, el fiscal de Sonora y el secretario de seguridad reafirmaron, a coro: no sabemos más que lo que los gringos dicen. Es decir, nada.
En el caso de los jóvenes de Ayotzinapa el tono es otro, pero la cuestión persiste: Andrés Manuel López Obrador comienza la carta enviada a los padres, madres y familiares de las víctimas, parándose en el banquillo de la verdad: habla el presidente, así lo dice, con respeto al dolor y sufrimiento, con apego a la honestidad y justicia.
Las siguientes 29 páginas, sin embargo, el fundador de la Cuarta Transformación se dedica a defender al Ejército Mexicano, de tal modo que la verdad se pinta de verde militar al escudriñar cada uno de los pasajes, dichos y voces que señalan a la corporación, tanto de manera indirecta, con la frase “Fue el Estado”, como con su corolario: “Fue el Ejército”.
Lo más curioso es que todo lo hace el presidente, en apariencia, a título personal a través del “yo sostengo”, pero el cuerpo de la carta, una vez más, tiene forma de boletín y alude a injerencia extranjera:
La fórmula se construye a contrapelo de las víctimas: consiste en contraargumentar lo que la gente cuestiona, parchar las fugas y a seguir el día. Pero el tema central, en todo caso, se oculta: mientras la injerencia extranjera tiene nombre de fantasma y sus brazos resultan misteriosos, la burguesía no existe como tal y la extracción de plusvalor tampoco, o eso parece, ante el silencio.
Y es con este asunto, precisamente, de la injerencia extranjera, que uno se pregunta ¿cuánto sabe el presidente que la gente, que los padres y las madres y los familiares, en general, que las víctimas de la Noche de Iguala ignoran? ¿Es posible que los fundamentos de lo que el presidente sostiene, justifique un giro de 180 grados y pasar del lado de los padres y las madres y los familiares, a lo que el presidente sostiene?
¿Cuál es el alcance, en este caso, del sentido común? O mejor, del sentir común. ¿En qué medida lo que sabemos y lo que suponemos coincide con lo que sabe el ejecutivo, qué tanto con lo que dice? ¿qué tan ignorantes somos y qué tan ignorante es el presidente? ¿qué tan pública es, ya no la seguridad pública, sino la justicia?
Y ahí pregunta el coro, pero ahora uno emanado de las víctimas: ¿qué importa, señor presidente, lo que usted crea? La dinámica del tratado, del ensayo y del juicio oral se queda corta para fundamentar un acto que pretende saldar a ciegas una de las deudas más sentidas del gobierno mexicano y una de las promesas del primer gobierno de la Cuarta Transformación.
Ante esto, los padres y madres y familiares de las víctimas de Ayotzinapa emitieron un comunicado. Este comunicado cierra con lo siguiente:
“Nos gustaría recordarle Presidente, por si también lo ha olvidado, que la víctima no es usted, sino somos nosotros los que perdimos a nuestros hijos a causa de un crimen de desaparición forzada, crímenes que por cierto se han incrementado como nunca en la historia de nuestro país, así como el alza de la delincuencia organizada .
Los Padres y Madres de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, a casi diez años de lucha, no hemos dejado ni un solo día de exigir la aparición con vida de nuestros hijos y de los cientos de miles de desaparecidos que desafortunadamente tampoco están entre nosotros.
A ud. le decimos la historia lo juzgará y se encargará de poner a cada quien en el lugar que se merece, no olvide que la verdad SIEMPRE es implacable.
¡Nuestra lucha no termina!
¡No perdonamos, no olvidamos!
¡FUE EL ESTADO!
¡Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos!”