Las personas a veces, nos transformamos. Y, desgraciadamente hacia la mezquindad y, como consecuencia, hacia la venganza. Hay escenarios que son propicios: deportes, política, y, sobre todo, conducción. Estos ejercen un poder sobre nosotros de tal manera que parecemos otros. Quién no ha sufrido los aspavientos y recriminaciones de otro conductor, o bien, el bocinazo estrepitoso por un descuido, o una ráfaga de luces amenazante. Creo que muchos. Aflora en el otro una actitud vengativa acompañada de una agresividad desmedida. Toma, ahora te aguantas, vienen a decir con su comportamiento. Se diría que tiene que cobrar esa venganza para seguir conduciendo tranquilo. Para ser feliz necesita vengarse. Ya está en paz. O, mejor, ya ha vencido al adversario. Cumple la ley del Talión con minuciosidad y eficacia. “Ojo por ojo y el mundo acabará ciego”. En efecto, ¿cuándo, cómo y dónde se rompe la cadena de la venganza?