"¡Qué difícil es para los que tienen riquezas entrar en el reino de Dios!" (Lc 18,24). Por eso, dice Jesús, es necesario un cambio radical de actitud. Es necesario despojarse de todas las riquezas que pesan sobre nuestro corazón, es necesario desprenderse de ellas, porque nos impiden ver a los pobres que “yacen a nuestra puerta”. ¿Quién de nosotros se atrevería a decir que no le importan las riquezas? Todos estamos muy preocupados por nosotros mismos, por nuestra comodidad, por nuestros intereses... La verdadera privación, la más importante a los ojos de Dios, es la que libera nuestro corazón de su egoísmo y lo abre a los demás.