Enero de 1944, cinco años después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Tras el éxito inicial en el Frente Oriental, el ejército alemán estaba perdiendo la contienda. Se estaba recuperando de una serie de derrotas: en primer lugar, de la Batalla de Stalingrado y, en segundo lugar, de la mayor batalla de tanques de la historia: la Batalla de Kursk.
En Kursk, los alemanes se habían visto arrollados por la superioridad numérica y armamentística de los soviéticos. Decidieron entonces retirarse a la línea occidental del río Dniéper. Pero sabían que era solo cuestión de tiempo que los rusos los encontraran de nuevo…
La situación a la que se enfrentaba el Grupo de Ejércitos del Sur (Heeresgruppe Süd en alemán) en enero de 1944 era ciertamente terrible. Las tropas estaban agotadas, exhaustas, después de un duro otoño y de un invierno que se recrudecía por momentos: el ataque soviético parecía interminable.
Los comandantes alemanes de primera línea querían retirarse a un terreno más seguro, consolidar sus posiciones y esperar a que pasara el invierno. Pero Adolf Hitler tenía otras ideas. Estaba decidido a que las tropas se mantuvieran en sus puestos y no cedieran terreno. Incluso esperaba conseguir que los rusos se retiraran al otro lado del Dniéper.