El 19 de julio de 1995, Casterina Carrillo Fernández decidió salir a dar una vuelta en bicicleta. Siempre salía acompañada de una amiga, excepto esa noche que decidió salir sola y desapareció. Durante su búsqueda, un grupo de personas que intentaban localizarla fue hasta un cementerio, donde se encontraron con un hombre al lado de una furgoneta con una cuerda y con manchas de sangre. Varios días después, se encontró su cadáver.
Muchas preguntas continúan sin respuesta en este misterio. Tras la gran pérdida de Casterina, su padre acudía al cementerio de forma habitual para rezar sobre su tumba. Sin embargo, lo que no se esperaba, era encontrarse un día con un monje que le confesó que el asesino de su hija era el hombre que vieron y que había ido allí a esconder el cuerpo para después confesarle el crimen al prior.
Cuando la Policía quiso interrogar al monje, este había cambiado su destino a Sevilla y se había vuelto loco supuestamente por haber roto el secreto de confesión, por lo que su testimonio nunca fue válido para detener a su asesino.