El otro día leyendo al Arcipreste de Hita me puse a filosofar con la cuaresma bendita.
Decía Aristóteles, como cosa verdadera, que el mundo por dos cosas trabaja, la primera es por tener mantenencia, la otra, por tener juntamiento con hembra placentera.
Alza la mano y siembra, con un gesto impaciente, en el aire, en la arena, en el surco, en el mar. Sembrar, sembrar, infatigablemente sembrar. En mujer, surco o sueño: sembrar.
Aquel hombre, despertó sobresaltado de la cama, una tenue luz del incipiente amanecer se esparcía por la estancia, sus ojos miraban las sombras blanquecinas, que ondeaban tras de las cortinas de su dormitorio, de pronto, miró sobresaltado la figura de aquella mujer, que dormía a su lado plácidamente, y un sudor frío inundó su frente.
El mar, mi mar, ese mar de nuestro fines de semanas, ¿qué misterios se esconden en él? ¿Por qué susurras? ¿Qué ocultas, qué nos muestras, qué provoca tus bruscas sacudidas, qué originan de repente tus caricias?
El adiós amargo llego muy despacio, como un asesino buscando mi espacio, con negros puñales, sin ojos, sin rostro, cual fantasma errante sentí su despojo.
El amor… el amor, es esa pócima milagrosa que cura las tristezas, es el motor que hace andar a los sueños, el bálsamo sagrado del alma, es algo, que no se toca, se siente, no se hace, se construye, no se busca, se encuentra, no se pide, se entrega.