En Montevideo compraron todo lo que quisieron. Incluso una máquina de
coser para Beatriz y una máquina de escribir para Carmen, que quería aprender.
En verdad no necesitaba nada, era una pobre desgraciada. Llevaba un diario:
anotaba en las páginas del grueso cuaderno empastado en rojo las fechas en que
Xavier la buscaba. Le daba el diario a Beatriz para que lo leyera.
En Montevideo compraron un libro de recetas culinarias. Sólo que estaba en
francés y ellas no entendían. Parecían más palabrotas que palabras.
Entonces compraron un recetario en castellano. Y se esmeraron en las sopas y
en las salsas. Aprendieron a hacer rosbif. Xavier engordó tres kilos y su fuerza de
toro aumentó.
A veces las dos se acostaban en la cama. Largo era el día. Y, a pesar de que
no eran lesbianas, se excitaban una a otra y hacían el amor. Amor triste.
Un día le contaron ese hecho a Xavier.
Xavier se excitó. Y quiso que esa noche las dos se amaran frente a él. Pero,
ordenado de esa manera, terminó todo en nada. Las dos lloraron y Xavier se
encolerizó furiosamente.