Cariño, hoy he hecho una cosa tan tan ridícula que, sinceramente, merezco todo lo que me pase a partir de ahora. He entrado en consulta, he sacado una cámara Polaroid de la mochila y se la he puesto delante. Sí, sí, una Polaroid, la que me regaló mi abuela, ya sabes. Y le he dicho, como en Dorian Gray, usted puede hacer de Basil, hágame la foto ideal para mi perfil. Te juro que durante un segundo pensé que iba a levantarse e irse o a citar a Sócrates o a denunciarme ante una autoridad estética superior. Pero no. Miró a la cámara, luego a mí, luego otra vez la cámara y me dijo Doctor, convertir una consulta en un estudio de retrato es una indecencia, aunque no del todo carente de encanto. O sea, imagínate mi orgullo, duró poco, eso sí, pero bueno, ahí estuvo.