Haití nunca ha llegado a tener como su meta alcanzar la condición de Nación y mucho menos de nación libre, soberana, independiente y adherida a la libre autodeterminación de su población
Los que adoptan como criterio básico para pautar su comportamiento, apreciación, y juicios de los movimientos y procesos sociales como evaluaciones en torno a estos, basados en la formalidad, esto es, tomando en cuenta, solo o principalmente, los aspectos formales y exteriores de dichos movimientos, de las cosas, fenómenos, hechos y situaciones, al igual que con respecto a las metas proclamadas sin escarbar ni esclarecer las consecuencias de ellos, ni la sinceridad, honradez, la verdad y compromisos reales de convicciones de las fuerzas dirigenciales, como del conjunto de sectores y clases sociales que sustentan y protagonizan el carácter del movimiento o situación, incurren en un gravísimo error de subjetivismo y simplismo que deviene en conclusiones superficiales y exageradamente unilaterales que principalmente favorecen errores sino cadenas de errores a sus sustentadores, como ocurre y resulta perfectamente comprobado en los casos de Haití, el revolucionarismo de los haitianos, así como en el terrible fracaso de dicha colonia esclavista francesa una vez que se declara país independiente, fracasando estrepitosamente en el logro de lo que debía ser el destino natural y lógico de una colonia que se independiza de su metrópoli colonialista-imperial o imperialista-moderna, objetivo y destino que no son otros que consolidar lo que fue la colonia como una nación independiente con un estado independiente y soberano como un conjunto pueblo-nación, estado-nacional, con su autodeterminación.
Haití jamas ha llegado a ser, ni a tener como su meta a alcanzar, la condición de nación, ni de nación libre, soberana e independiente y adherida a la libre autodeterminación de su población.
Ningún conglomerado económico-social que constituya un eco-nicho social, podría alcanzar la condición de nación si no posee una territorialidad definida y concreta, sin un idioma común, y sin una expresión espiritual única, o sea, un alma nacional que se supone se sustenta en la base de una actividad económica productiva común, y el correspondiente mercado nacional.
Habiendo sido Haití creado y estructurado solo a partir del 1771 por la manipulación de los jesuitas afines a la monarquía francesa e incondicionales de esta, como lo era la iglesia católica vaticano, para ese entonces que se le llamaba el papado, como un enclave para la comercialización y tráfico de esclavos negros provenientes de la caza de los integrantes de las tribus africanas. Se inicio Haití en la parte oeste de la isla, luego de no pocas vicisitudes contenciosas entre Francia e Inglaterra de un lado y España del otro, todas potencias coloniales que se disputaban la posesión y el reparto de las colonias. Francia actuó con mano de hierro y extrema crueldad sobre sus esclavos en su dominio colonial dentro de la isla la Hispaniola.
Ese comportamiento brutal de los franceses parece que les proviene como herencia de los bárbaros galos que conquistaron sus territorios, con sus hábitos druidas, de los que Vercingétorix, su líder legendario, vencido por Julio César, parece ser su prototipo, y del que heredarían y transmitirían al alma nacional de Francia esa extrema crueldad y brutalidad sobre quienes domina y subyuga.
Los colonizadores cultos de Francia no les permitieron jamas a sus esclavos negros llegar al conocimiento, ni al uso por lo tanto, del idioma francés que estaba dispuesto para su empleo solo para los franceses. Así, los esclavos de Francia en Haití tenían que comunicarse en la jerga de su propia tribu, lo que a su vez dificultaba la interrelación entre esclavos provenientes de diversas tribus africanas. Pero con la interrelación productiva esclavista era inevitable que entre esclavistas franceses y esclavos africanos se fuera creando, por sincretismo, un argot, primero de pocas palabras, y luego de mayor número de palabras que necesariamente incluían parte de las expresiones orales del idioma francés y parte de las expresiones orales del dialecto tribal de los esclavos. Así se genera a lo largo del tiempo el patois, que es como se le llama en Francia a las distintas formas y giros del empleo de su idioma según las regiones, como ocurre en la Bretaña francesa, donde se habla el patois bretón.
Si los colonos esclavistas franceses no permitían que los esclavos negros africanos emplearan su idioma, que era el de sus amos, imagínense lo que sucedería al esclavo que se propasaba con una blanca francesa.
Se ha llegado a decir que el atavismo de los negros por las blancas y rubias, güeras en México, y catiras en Venezuela, es muy probable que provenga del resentimiento y la frustración de los ancestros esclavos, sobretodo haitianos, que acuñaron una nostalgia ancestral por una mujer blanca, preferiblemente de pelo claro.
Un parámetro importante para juzgar y hacerse una idea clara de lo que es la conciencia de la idiosincrasia haitiana y de los haitianos, es que al momento de disponerse a obtener de Francia una especie de autonomía, sin llegar jamas a tener la más remota idea de independencia, fue cuando Toussaint Louverture se lanza, a nombre de su imaginaria condición de súbdito francés, y por lo tanto, gozar del derecho a herencia o algo parecido de su metrópoli, es que, sin autorización ni potestad de autoridad colonial francesa alguna, incurre en la osadía de invadir la parte oriental de la isla que constituía la colonia del Santo Domingo español de España, y que en 1795 por el acuerdo de reparto colonial de Basilea le fue traspasada forzosamente a Francia, la que, actuando con extrema cautela y sobrada prudencia, conciente de la delicadeza del caso, no había ocupado el nuevo territorio colonial adquirido, pues estaban Francia y Napoleón en particular, concientes de que ya en la parte oriental de la isla o en el Santo Domingo español, había cuajado una nación con todos y cada uno de los atributos esenciales de esta, y que si permitían que las hordas salvajes de sus esclavos de Haití, esto es, los haitianos, se abalanzaran sobre el Santo Domingo español, causarían depredaciones bestiales que volverían lo adquirido como colonia nada menos que ingobernable del todo. Pero Toussaint y sus lugar-tenientes como Dessalines habían cristalizado el resentimiento atávico de que, como descendientes de primitivos déspotas africanos no podían conformarse con las demarcaciones territoriales haitianas y ser súbditos franceses allí que era en realidad el núcleo de su sueño fantástico, y decidieron en 1801 poner manos a la obra: vamos a hacer lo que ni Francia ni Napoleón Bonaparte han querido hacer e invadieron, entrando como conquistadores, la parte oriental en que ya, como hemos dicho, había culminado el proceso histórico, cultural y social de gestación y formación de la nación República Dominicana, lo que se efectuó exactamente en el vientre de la vieja y primera colonia europea española en la América y el caribe que es República Dominicana.
Aquí, tal cual se esperaba, actuaron las hordas armadas de Toussaint y Dessalines y Toussaint se declaró, de paso, gobernador vitalicio de la colonia de Santo Domingo español. En las hordas militarizadas haitianas, el expansionismo y la conquista de lo que es hoy República Dominicana vino formándose como un obsesivo y paranoico objetivo. Pero con esa audaz e imprudente actuación de Toussaint no cabe dudas que se dictó no solo ni principalmente él mismo la pena de muerte de una u otra manera, y de paso al morir como un perro desamparado en una hergástula de Francia, Toussaint Loverture, el negro amulatado que soñó con ser aceptado como súbdito de Francia, sino que ademas Toussaint selló la desgracia, que bien cabe definirse como el complejo Louverture, de que el único territorio posible de Haití es el de la isla de Santo Domingo de cabo a rabo, y este es así, el suplicio de Tántalo, que ha causado el fenómeno de que Haití ni los haitianos jamas hayan siquiera podido concebir la sola y simple idea de ser una nación, puesto que del mismo modo no han podido aceptar que la territorialidad de Haití para ser nación no sería otra que los veintiocho-mil kilómetros cuadrados de la parte oeste de la isla. Así ni Haití ni los haitianos, o sea, la población haitiana, jamas han reclamado propiamente su autodeterminación ni su soberanía, tal cual se puede palpar ahora mismo cuando llevan más de quince años intervenidos por los norteamericanos y canadienses a través de la ONU, así como de sus lacayos y genuflexos latinoamericanos además de la cuestionable y condenable presencia venezolana, desde cuando Hugo Chavez estaba vivo, como de los aventureros y traficantes con la suerte y sufrimientos de los pueblos y países del caribe, los hegemonistas castro-guevaristas cubanos, quienes comparten con el imperialismo y sus lacayos la grosera y vulgar re-colonización de Haití, sin que ni la oligarquía haitiana ni la población de las tribus de dicho estado tribal reivindiquen ni hayan revindicando su autodeterminación ni su soberanía nacional, como si con esta actitud suya admitieran que no son ninguna nación, nada, que eso tampoco les interesa ni les ha interesado nunca.
Las raíces más profundas de ese desprecio histórico de los haitianos y de Haití, por tales atributos imprescindibles para hacer de una nación un estado nacional como su república, como hemos dicho, responde en su aspecto externo, al trauma obsesivo de expansionismo que albergó Toussaint Louverture como resultado de su ciego afán de alcanzar la condición de súbdito de la metrópoli colonial Francia, que se nutrió del pacto colonial del acuerdo de Basilea. Pero la causa que opera de fondo y que realmente es la raíz, como el tronco del fracaso estrepitoso y epistemológico de Haití, después de haber dejado de ser colonia de esclavos, como de los haitianos que eran o habían sido esclavos, como los que nacieron y crecieron después del 1804, fecha de la declaración de su independencia colonial de Francia, es que es absolutamente imposible el surgimiento, creación y consolidación de una nación sin su atributo imprescindible de la territorialidad, como magistralmente explica el intelectual mexicano Jaime Labastida sobre la democracia y la significación originaria de la denominación de este fenómeno histórico universal, cuando dice que de la gens constituida por los lazos co-sanguíneos se pasa a una organización social más compleja, que es a la que concurren varias, dos o más gens, que comparten un territorio y constituyen las tribus, creando el régimen tribal. Se crea el poder territorial de la tribu. Y ese poder territorializado de la tribu es a lo que corresponde el nombre de democracia, según cita al sabio Calístenes de Grecia, que es la fuente de donde extrae Labastida su estudio al respecto.
Comunidad territorial, comunidad de idioma, actividades económicas productivas en dicho territorio, junto a la comunidad espiritual o cultural nacional, es lo que constituye la nación conforme la tesis irrefutable del materialismo histórico aportada precisamente por el genial jefe del proletariado mundial José Stalin.
Por no tener concepto real de la territorialidad de Haití, los haitianos no han podido constituir una nación moderna de acuerdo a la etapa del capitalismo que es con la que empieza la modernidad. Y esta se fortalece y se profundiza con el caso de no tener idea, ni general, ni particular de su territorialidad, porque los haitianos solo miran hacia el este de la isla añorando y soñando con esas tierras, pero que nadie se equivoque: no es para hacerlas ni tenerlas como su habitad, o eco-nicho politico, social y cultural, sino simple y llanamente para depredarlas y esterilizarlas, buscando transformarlas en un páramo desierto en el que ni las infamias e ignominias se reproducen.