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Para la puntual fatiga del domingo en la que desvanecerse sobre una silla parece la mejor de las actividades. Sacudirse el pelo, es sacudirse también la luz especial. Huidobro, iniciador de la corriente lírica creacionista, supo descifrar la sensación de caída para retratarla de la manera más visual posible: Palabras hechas luces y destellos.
Entre melodías tristes te fuiste al lomo de los caballos rojos.
Los murmullos de los objetos se hacen más claros en el conticinio, agudizando el oído escucharemos sus invitaciones.
Pessoa tras la sombra de Álvaro de Campos escribió "Tabaquería" para constatar que fue sublime, de un tirón nocturno se fueron apilando los versos, sólidos en la medida de su intimidad. El resultado: una estructura rígida pero sensible, triste pero orgullosa de serlo.
"Tú bien lejos y yo aquí contigo olvidándote, olvidándote"
Gonzalo Arango o el mártir desaparecido de la literatura colombiana, nos deja la boca con sabor a sal marina con este vibrante relato compuesto en una libreta a la orilla del mar toludeño, solo y excluido de los placeres compartidos del paraíso.
Dagerman en un acto de plena soberanía decidió dar fin a su vida un cuatro de noviembre de 1954 (Dos años después de haber escrito este ensayo aquí relatado). De algún modo tuvo que defender sus palabras -si consideramos que lo que se escribe no es solo liberación, sino a su vez nuestro propio juez y verdugo- y lo hizo de la manera más valiente y noble, cerrando las ventanas para esperar la muerte silenciosamente; resolviendo así, a su propio modo, la pregunta fundamental de la filosofía como escribiría Camus: juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida.
Lo que nos ocupa en este ensayo es la lucha por mantener la vida, la búsqueda casi siempre desesperada de asideros y boyas en altamar, la confirmación de que fuera de nuestros propios límites no hay hacha que pueda con el silencio viviente.
A lo mejor usted también ha intentado sacar adelante las horas del domingo, nosotros hemos intentado de todo: las tardes de helado en el parque, las caminatas de punta a punta en el pueblo buscando la aldaba ganadora, las infecundas horas mañaneras viendo en la televisión a hombres dando pedalazos en sus bicicletas, las esquizofrénicas miradas buscando los peces más gordos de la fuente, la búsqueda desesperada y violenta de espasmos ancestrales que enferman más de lo que alivian , la mirada al poniente a través de la ventana planeando el crimen perfecto (incluyendo formas de deshacer también el cuerpo del asesino)… Mas nada nos ha quitado de encima el yunque de aristas afiladas que significa vivir en un día como estos. Para Maximiliano Alfonso los domingos huelen a galletas, nosotros también lo sentimos en el aire.
“En lo que a mí respecta, desde muy joven me ha sido clavada una astilla en la carne. Si no hubiera sido por eso, hace tiempo que viviría la vida de todo el mundo.” Kierkegaard.
De sobreviviente a sobreviviente este manuscrito carcomido de preguntas y carente de respuestas, se filtrará por sus oídos advirtiendo que posiblemente usted también sea un espejismo. José Sbarra nos condena con este lamento que más parece un manifiesto para los que viven todavía con una astilla en la carne.
En una estación de trenes traspasada por el frío, dos hombres discuten sus ideas sobre el progreso. Por un lado, la reluciente locomotora de un "futuro previsto" acercándose a toda velocidad a la varada locomotora de un "presente detenido". Por el otro, dos perfumadas violetas en el ojal de un traje.
Giovanni Papini escritor italiano, "inmerecidamente olvidado" como decía Borges, publicó este cuento por primera vez en el año 1906, dentro del libro "Lo trágico cotidiano".
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