Nuestras actitudes a menudo determinan nuestra capacidad de influir en los demás. Una actitud severa, crítica y hostil alejará a la gente de ti, e incluso si logras testificar, tus palabras, sin importar cuán sinceras sean, son mucho menos propensas a ser recibidas. En contraste, una actitud positiva y el creer en los demás los atrae hacia nosotros; fomenta un vínculo de amistad. Jesús declaró este principio maravillosamente cuando dijo: “Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan 15:15). Los amigos se aceptan entre sí a pesar de sus debilidades y errores, y comparten libremente sus alegrías y tristezas.