Observemos nuevamente a Pablo ante Agripa. El apóstol Pablo comparece ante este hombre, el último en la línea de reyes judíos, los macabeos, y de la casa de Herodes. Agripa profesaba ser judío, pero en el fondo era romano. (Ver CBA 6:431.) El anciano apóstol, cansado de sus viajes misioneros y marcado por la batalla en el conflicto entre el bien y el mal, está allí de pie, con el corazón lleno del amor de Dios y su rostro radiante con la bondad de Dios. Más allá de todo lo que haya sucedido en su vida, cualquier persecución y dificultad que haya experimentado, puede declarar que Dios es bueno. Agripa es cínico, escéptico, endurecido y realmente indiferente a cualquier sistema de valores genuino. En contraste, Pablo está lleno de fe, comprometido con la verdad y firme en defensa de la justicia. El contraste entre los dos hombres no podría ser mucho más evidente. En su juicio, Pablo solicita hablar y recibe permiso de Agripa.