El libro de Hechos está lleno de historias de cómo los discípulos aprovecharon las oportunidades providenciales para el avance del Reino de Dios. De un extremo al otro del libro, leemos relatos fascinantes de la iglesia primitiva y cómo creció, incluso a pesar de los desafíos que enfrentaba tanto interna como externamente. En 2 Corintios 2:12 y 13, por ejemplo, el apóstol Pablo cuenta su experiencia en Troas: “Cuando llegué a Troas para predicar el evangelio de Cristo, aunque se me abrió puerta en el Señor, no tuve reposo en mi espíritu, por no haber hallado a mi hermano Tito; así, despidiéndome de ellos, partí para Macedonia”. Dios abrió milagrosamente una puerta para que Pablo predicara el evangelio en el continente europeo, y sabía que las puertas que Dios abre hoy podrían cerrarse mañana. Aprovechando la oportunidad y viendo las posibilidades, inmediatamente navegó hacia Macedonia. El Dios del Nuevo Testamento es el Dios de la puerta abierta, el Dios que nos brinda oportunidades providenciales para compartir nuestra fe. A lo largo del libro de los Hechos, vemos a Dios trabajando. Se abren puertas en ciudades, provincias, países y, sobre todo, en corazones individuales.