Lectura en breve

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Lectura en breve episodes

  • El vástago - Silvina Ocampo
    “Labuelo no quería que nos casáramos y de haberlo permitido nuestra vestimenta hubiera sido un serio impedimento para ello. Enfermó de ira por no poder adivinar nuestros secretos de muchachos. ¿Quién no tiene novia en aquella edad? Labuelo se escondió debajo de mi cama para oírnos hablar a mi hermano y a mí, una noche. Hablábamos de Leticia. ¿La sordera o la maldad le hizo pensar que ella era la amante de mi hermano? Nunca lo sabré. Al moverse, para no ser visto, se le enganchó parte de la barba a una bisagra del armario donde tenía apoyada la cabeza, y dio un gruñido que en aquel momento de intimidad nos dejó aterrados. Al ver que estaba a cuatro patas, como un animal cualquiera, no le perdí el miedo, pero sí el respeto, para siempre.”
    2 min
  • Rosaura a las diez - Marco Denevi
    “A partir de entonces Rosaura estuvo presente en nuestras conversaciones y en nuestro propio corazón. Acabamos por quererla como una persona de la familia, como si la conociéramos, nada más que por saberla novia de Camilo. Bueno, novia, novia, no lo era aún. El padre ignoraba todo. En serio no habían hablado todavía. Pero se amaban locamente. Y eso era decir más que decir que estaban ennoviados y comprometidos para casarse. Cada lunes, a la noche, preguntábale yo cómo le había ido esa tarde, que habían conversado. Y él me lo contaba todo, punto por punto.”
    1 min
  • La vida soñada de Rachel Waring - Stephen Benatar
    “A veces, incluso a finales de noviembre, iba a sentarme al parque. Por suerte, el tiempo seguía templado, así que todavía podía llevar mi sombrero de película y nada más que un cárdigan sobre mi vestido bellamente bordado. Iba al parque porque necesitaba ejercicio y aire fresco. Iba allí porque ya no me podía permitir ir a cafés ni asistir a los indigentes, y porque cuando iba en busca de amas de casa o de viudas que, junto a las puertas de sus jardines, esperaran a alguien —casi cualquiera les habría servido, pobres mujeres— a quien hablarle sobre su última operación o sobre la manera vergonzosa en que las trataba su nuera…, bueno, a lo mejor era por la proximidad del invierno, pero se metían en casa a toda prisa. No sé bien por qué. Pero los patos del estanque estaban hechos de otra pasta, y siempre podía hablarles tanto rato como quisiera.”
    2 min
  • Paradiso - José Lezama Lima
    “La mano de Baldovina separó los tules de la entrada del mosquitero, hurgó apretando suavemente como si fuese una esponja y no un niño de cinco años; abrió la camiseta y contempló todo el pecho del niño lleno de ronchas, de surcos de violenta coloración, y el pecho que se abultaba y se encogía como teniendo que hacer un potente esfuerzo para alcanzar un ritmo natural; abrió también la portañuela del ropón de dormir, y vio los muslos, los pequeños testículos llenos de ronchas que se iban agrandando, y al extender más aún las manos notó las piernas frías y temblorosas. En ese momento, las doce de la noche, se apagaron las luces de las casas del campamento militar y se encendieron las de las postas fijas, y las linternas de las postas de recorrido se convirtieron en un monstruo errante que descendía de los charcos, ahuyentando a los escarabajos.”
    2 min
  • Pelo de Zanahoria - Jules Renard
    “Pero esta noche Pelo de Zanahoria no tiene miedo. No desliza una mirada debajo de la cama. Ni la luna ni las sombras lo asustan, ni el pozo del jardín, como si se abriese allí mismo ex profeso para el que quisiera tirarse por la ventana.
    Tendría miedo si pensara en tener miedo; pero ya no lo piensa. En camisa, se le olvida andar de talones para sentir menos el frío de las baldosas rojas.
    Y ya en la cama, puestos los ojos en las ampollas que forma el yeso húmedo, sigue desarrollando sus ideas personales, llamadas de ese modo porque tiene uno que guardárselas para sí.”
    1 min
  • Los Cantos de Maldoror, Canto Primero - Conde de Lautréamont
    “Quiera el cielo que el lector, animoso y momentáneamente tan feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje a través de las ciénagas desoladas de estas páginas sombrías y rebosantes de veneno; pues, a no ser que aplique a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual equivalente por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de este libro impregnarán su alma, igual que el agua impregna el azúcar.”
    2 min
  • El soneto del ojo del culo - Arthur Rimbaud y Paul Verlaine
    “Oscuro y fruncido como un clavel violeta
    respira, humildemente agazapado entre el musgo,
    húmedo aún de amor que sigue la pendiente dulce
    de las blancas nalgas hasta el borde de su pliegue.
    Filamentos semejantes a lágrimas de leche
    han llorado, bajo el vendaval cruel que los rechaza,
    a través de pequeños coágulos de rojizo abono,
    para irse por donde la pendiente los llamaba.
    Mi boca se acopló a menudo a su ventosa,
    mi alma, del coito material celosa,
    hizo de él su lagrimal salvaje y su nido de sollozos.
    Es la oliva desfallecida, y la flauta mimosa,
    es el tubo por donde desciende el celestial guirlache,
    ¡Canaán femenino en los trasudores brotados!”
    2 min
  • El Señor de los Anillos, La Comunidad del Anillo - J.R.R. Tolkien
    “En ese momento Elrond salió con Gandalf, y pidió a la Compañía que se acercase.
    —He aquí mis últimas palabras —dijo en voz baja—. El Portador del Anillo parte ahora en busca de la Montaña del Destino. Toda responsabilidad recae sobre él: no librarse del Anillo, no entregárselo a ningún siervo de Sauron y en verdad no dejar que nadie lo toque, excepto los miembros del Concilio o la Compañía, y esto en caso de extrema necesidad. Los otros van con él como acompañantes voluntarios, para ayudarlo en esa tarea. Podéis deteneros, o volver, o tomar algún otro camino, según las circunstancias. Cuanto más lejos lleguéis, menos fácil será retroceder, pero ningún lazo ni juramento os obliga a ir más allá de vuestros propios corazones, y no podéis prever lo que cada uno encontrará en el camino.”
    2 min
  • Felicidad clandestina - Clarice Lispector
    “Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupada caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía de odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello libre. Conmigo ejercitó su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.”
    1 min
  • El ángel que nos mira - Thomas Wolfe
    “En el bar, en compañía de tres o cuatro repartidores, aprendió a fumar. En el aire dulce y azul de primavera, mientras hacía su ruta, llegó a conocer la belleza de Doña Nicotina, delicioso espectro que se enroscaba en su cerebro, dejaba su penetrante aliento en su joven nariz, y un beso ardiente sobre su boca.
    Era un hombre de pelo en pecho.”
    1 min

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Lecturas breves de buenos momentos de cualquier clase de libros y de clásicos de la literatura universal.