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Or


Dicha
Mi corazón olvida
y asido de tus pechos se adormece:
eso que fue la vida
se anubla y oscurece
y en un vago horizonte desparece.
De estar tan descuidada
del mal de ayer y de la simple pena,
pienso que tu mirada
-llama pura y serena-
secó del llanto la escondida vena.
En su dicha perdido,
abandonado a tu dulzura ardiente,
de sí mismo en olvido,
el corazón se siente
una cosa feliz y transparente.
La angustia miserable
batió las alas y torció la senda;
¡oh paz incomparable!
un día deleitable
nos espera a la sombra de tu tienda.
La más cruel amargura
con que quieras herirme soberano,
se henchirá de dulzura
como vino temprano
apurado en el hueco de tu mano.
hiere con saña fuerte
si sólo no desciñes este abrazo,
que aun la faz de la muerte
-con ser tan duro lazo-
pienso que ha de reír en tu regazo.
25 de octubre, 1940
En el amor, y en el boxeo
todo es cuestión de distancia
Si te acercas demasiado me excito
me asusto
me obnubilo digo tonterías
me echo a temblar
pero si estás lejos
sufro entristezco
me desvelo
y escribo poemas.
Otra vez eros, 1994
Cristina Peri Rossi. Uruguay, 1949
Hola, les traigo una lectura imperdible de una de mis favoritas en temas de amor romántico y crítica social: Coral Herrera.
El texto fue publicado aquí: https://www.pikaramagazine.com/2014/02/lo-romantico-es-politico/ y la página de Coral por si gustan leer más cosas de lo que escribe: https://haikita.blogspot.com/
Escuchen con atención y compartan si les gusta, amo principalmente la crítica que hace hacia lo capitalista y lo que nos quieren vender que es el amor y también cuando dice que si nos juntarámos y aprendiéramos que el amor no sólo se da de uno a uno sino que mieentras más seamos los que estemos unidos, más difícil será controlarnos. Ojalá puedan reflexionarlo.
Les quiero, saludos.
[Dame tu amor, invítame un café: ko-fi.com/lecturasyfonemas - Ko-fi ❤️ ]
Además de revolucionario, el subcomandante Marcos escribe cosas cursis y sutilmente eróticas. Desde que la leí me enamoré y la escuché en su voz unas cien veces, después decidí que también mis labios la querían acariciar y leerla en voz alta para ustedes, ojalá les guste. En la página de https://enlacezapatista.ezln.org.mx/ encuentran más de sus textos.
La carta que el Sup escribió para que Elías Contreras le entregara,
como si propia fuera, a La Magdalena.
Magdalena:
Te vi de madrugada. Escondida o encerrada estabas en una torre de calendarios y geografías absurdas que me decían que no era bienvenido. Pero, apenas un momento, y te asomaste entera, hermosa y desnuda de prejuicios, luchando a favor de este nadie que soy y rescatándome de una noche ajena. Yo me quedé temblando, aún lo estoy. Deslumbrado todavía, en los pasos que siguieron y dimos juntos, lo que antes entró por la mirada, suavemente se llegó a mi pecho por camino desconocido.
Te vi, y yo pensé que eso me bastaría, que tu imagen sería suficiente para tomar fuerza y alejarme para que, cuando el tiempo pidiera cuentas, el saldo fuera apenas un recuerdo de la tormenta que por cabellos llevas, el collar de besos que imaginé para tu cuello. Pero no, no fue suficiente. Necesito colgarte cien suspiros al oído y recorrer tu geografía con mis labios. Y necesito que mis manos se dibujen en tu cintura y tus caderas, que mi sed encuentre alivio entre tus piernas, que renazcan mis dedos sobre tus senos, que tu boca me diga lo que no me dirán tus palabras, que mi piel más sombra sea en la luz de la tuya.
Ya nada basta. No basta con que sueñe que te tomo por la cintura, que te acerco a mí y que a tu cuello llega mi aliento, que dudan mis manos entre uno y otro pecho, que me restriego a tus caderas y que tu humedad me guía. No basta con pensar que tu tormenta me estalla en la cara, ni que me piense y te piense conmigo dentro, con el deseo montado en piernas y caderas, corriendo a ninguna parte, atento al gesto que en gemidos dibujas. No basta imaginar que me tienes, que me enseñas a encontrarte, que me haces hacerte, que te dibujas entre mis brazos, que tiemblas y me tiemblas. No basta que reconstruya en la mente lo que tal vez no pasará nunca: el quitarte la ropa y los miedos, el desnudarte las ganas, el abrirte por el vértice sombreado, todo deseo, todo misterio, el entrarte hasta el sitio que anule por fin toda razón y que sólo la carne mande. No basta que trate de distraerme detrás de las palabras que arrojas, fallidas puertas de salida, ventanas que no invitan a asomarse siquiera, paredes cerradas.
He tratado de tomar distancia, de hacer complicadas cuentas de días, kilómetros, horas, calles frías, laberintos, olvidos. Consulté mapas que confirman que el tuyo es otro mundo. Ha sido inútil. Esta mañana, por ejemplo, me he hecho el firme propósito de tomar distancia, anteponer un montón de razones para irme ya alejando y decir adiós sin palabras, que siempre es el adiós más difícil, el más artero. Pero apenas te he visto y he olvidado hasta la hora. Bastó que desde lo lejos intuyera una tormenta, para que botara propósitos y razones, para que el corazón y las ganas se desbocaran, y para que un cuello suspirado me robara todo el aliento.
Magdalena, yo sólo quería decirte que me gustas y que quería acercarme a ti. Pero acercarme como un hombre se acerca a una mujer que le gusta. Algo así como tomarte de la cintura y acercar tus pechos al mío, acercarme a tu cuello, decirte algo tierno y dulce al oído, mordisquear las manzanas de tus mejillas y llegar a tus labios con un beso, imaginarte un jadeo si mis manos te rehicieran los senos, intuirte un sueño si mi abrazo te tomara prisionera la cintura, soñarte soñando conmigo dentro y dentro mío. ¿Hago mal en desearte, en que mi piel quiera tocarse en la tuya, en buscarte para encontrarte como se encuentran un hombre y una mujer que se gustan, es decir,
Hola, en esta ocasión quise hacer algo diferente, te leo fragmentos de un libro con la finalidad de que te genere ganas de leerlo completo.
Este libro habla de los efectos de la pandemia, pero hace mención de los 3 grandes poderes de dominación mundial: capitalismo, patriarcado y colonialismo. Una chulada, si te gusta comparte, suscríbete y dale mucho amor.
Lean e infórmense ♥
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Salimos del amor
como de una catástrofe aérea
Habíamos perdido la ropa
los papeles
a mí me faltaba un diente
y a ti la noción del tiempo
¿Era un año largo como un siglo
o un siglo corto como un día?
Por los muebles
por la casa
despojos rotos:
vasos fotos libros deshojados
Éramos los sobrevivientes
de un derrumbe
de un volcán
de las aguas arrebatadas
y nos despedimos con la vaga sensación
de haber sobrevivido
aunque no sabíamos para qué.
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Cada trazo y cada camino que terminamos recorriendo, despiden ecos de algo distinto que se quedan grabados como serpientes en arena, silenciosas, y a su vez van dejando huellas, huellas que permanecen grabadas en cemento, grabadas en la memoria, sigilosas para aparecer en los momentos más inesperados: un cuento, un corazón, un cerebro, una materia prima para crear algo nuevo... Que finalmente después de cierto tiempo será abandonado, olvidado, sepultado abajo de los nuevos palacios que vienen y desbancan los suelos viejos que existían ahí antes que ellos y estos a su vez, desbancan a los demás y formando olas y desfiguros, se vuelven muy difíciles de arreglar.
Algo más que es difícil, es encontrar los pasados que queremos componer.
Tanta pintura sobre la fachada desgastada impide y modifica la respiración del alma, esa bestia sagrada que cambia para siempre y muy rara vez dormita.
Nada nos garantiza que tendremos lo que tenemos, nada nos garantiza una vida segura, tampoco sabemos si tendremos pensamientos que lleven a una espiritualidad iluminada, nada nos garantiza la paz. Pienso en que no somos dueños de lo que ya logramos. Nada nos garantiza que seguiremos siendo los mismos, pero siempre tendremos las huellas, esas huellas para recordarnos de dónde y porque vinimos hasta aquí.
- Omar Rodríguez López
(El Trío de Omar Rodríguez-López)
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Texto publicado y escrito por Iris, en su Medium, puedes leerlo completo acá: Escondites y refugios. | by Anthologyris 🍂 | Medium
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Poema de "El libro de las horas" (1095)
En este momento la hora se inclina y me toca
con su lúcido anillo metálico
mis sentidos vibran. Se forma el sentimiento:
Yo puedo- y palpo el día elástico.
Nada estaba completo antes de ser visto por mí,
todo ir y venir ahora yace quieto.
Mis ojos están maduros y todo lo que desean
se acerca como una novia.
Nada es demasiado pequeño: contra un fondo de oro
lo pinto grande y amoroso
y lo sostengo en alto, nunca sabré
de quién es el alma que puede liberar.
*
Estoy en el extremo del siglo,
Uno puede sentir el viento de una gran página-
que Dios y tú y yo hemos llenado de escritura-
girando por lo alto en manos extrañas ahora.
Uno puede sentir el resplandor de esta hoja nueva,
en la que todo puede inscribirse aún.
Las fuerzas silentes ponen a prueba su rango
y se miran entre sí oscuramente.
*
Tu primera palabra fue Luz:
y el tiempo comenzó.
Tu segunda palabra fue el Hombre y el miedo se esparció
(todavía nos ensombrecemos ante su sonido)
antes de que tu rostro retomara su creación.
Y por ello temo tu tercera.
Seguido rezo en la noche: sé el mudo,
el que crece firme en gestos
y es movido por el espíritu en los sueños
a inscribir la onerosa suma del silencio
en lo alto de las montañas y en las frentes humanas.
Sé el refugio de la ira
que expulsó lo inefable.
La noche cayó en el Paraíso:
sé el pastor cuyo cuerno suena una sola vez-
pero sólo como cuentan nuestra antiguas historias.
*
Si hubiera crecido en otra tierra,
una con días más ligeros y horas más sutiles,
habría hecho para ti una fiesta singular
y mis manos no te habrían sostenido
con temor y tensión,
como suelen hacerlo.
Habría sido valiente y te habría consentido,
a ti Ahora ilimitado.
Te habría lanzado como una bola
hacia todo deleite ondulatorio,
para que alguien te pudiera atrapar y saltara
con las manos en alto para contener tu caída,
tú cosa de todas las cosas.
Te habría hecho brillar y surcar por el aire
como un sable.
Habría hecho que tu fuego se renovara
en un gran anillo dorado.
y habría hecho que se sostuviera
en la más blanca mano.
Te habría pintado: no en la pared
sino en el cielo, de extremo a extremo,
y te habría esculpido, de la forma en que un gigante
te esculpiría: el pico de una montaña, un fuego radiante,
un simún irrumpiendo en la arena del desierto-
o
en verdad tal vez te encontré
una vez…
Mis amigos de la infancia están lejos;
apenas puedo seguir escuchando sus risas
y tú: te has caído del nido
eres una joven ave y tienes garras amarillas
y ojos grandes y atraviesas mi corazón.
(Mis manos deben parecer gigantes.)
Y la punta de mi dedo eleva una gota del pozo
y escucho, escucho, algún sonido de tu sed
escucho tu corazón y el mío
palpitando de temor.
*
Vivo mi vida en círculos crecientes
que se esparcen por todo lo que me rodea.
Quizá no logré el verdadero final
pero eso será mi meta.
Circulo a Dios, rodeando la antigua torre,
llevo dando vueltas un eón,
y todavía no lo sé: ¿soy un águila, una tormenta
o una soberana canción?
*
Tengo muchos hermanos que usan sotanas ligeras
en el sur, donde hay laureles en los claustros.
Sé cuan humanas hacen sus madonas,
y sueño seguido con jóvenes tizianos
entre los cuales Dios se mueve
como una flama pura.
Las aguas del mar
Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el ser humano hizo un día una pregunta sobre sí mismo, volviéndose el más ininteligible de los seres vivos. Ella y el mar.
Sólo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos incognoscibles hecha con la confianza con que se entregan dos comprensiones.
Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra.
Son las seis de la mañana. Sólo un perro suelto vaga por la playa, un perro negro. ¿Por qué un perro resulta tan libre? Porque él es el misterio vivo que no se indaga. La mujer vacila porque va a entrar.
Su cuerpo se consuela con su propia exigüidad en relación con la vastedad del mar porque es la exigüidad del cuerpo lo que le permite mantenerse caliente y es esa exigüidad que la vuelve pobre y libre, con su parte de libertad de perro en las arenas. Ese cuerpo entrará en el ilimitado frío que sin rabia ruge en el silencio de las seis. La mujer no lo sabe, pero está realizando una hazaña. Con la playa vacía a esa hora de la mañana, ella no tiene el ejemplo de otros seres humanos que transforman la entrada en el mar en simple juego liviano de vivir. Ella está sola. El mar salado no está solo porque es salado y grande, y eso es una realización. A esa hora ella se conoce menos todavía de lo que conoce el mar. Su hazaña es, sin conocerse, entretanto, proseguir. Es fatal no conocerse, y no conocerse exige valor.
Va entrando. El agua salada está tan fría que le eriza en ritual las piernas. Pero una alegría fatal —y la alegría es una fatalidad— ya la posee, aunque todavía no se le ocurra sonreír. Por el contrario, está muy seria. El olor es de una marejada atontadora que la despierta de sus más adormecidos sueños seculares. Y ahora ella está alerta, aun sin pensar. La mujer es ahora compacta y leve y aguda; se abre camino en la gelidez que, líquida, se opone a ella, mientras la deja entrar, como en el amor, en que la oposición puede ser una petición.
El camino lento aumenta su valor secreto. Y de repente ella se deja cubrir por la primera ola. La sal, el yodo, todo líquido, la dejan por un instante ciega, escurriéndose (espantada, de pie, fertilizada).
Ahora el frío se convierte en hielo. Avanzando, ella abre el mar por el medio. Ya no precisa valor, ahora ya es antigua en el ritual. Baja la cabeza dentro del brillo del mar, y retira una cabellera que sale escurriéndose sobre los ojos salados que arden. Brinca con la mano en el agua, pausada, los cabellos al sol, casi inmediatamente endurecidos por la sal. Con la concha de las manos hace lo que siempre hace en el mar, y con la altivez de los que nunca dan explicaciones ni a ellos mismos: con la concha de las manos llenas de agua, bebe en grandes sorbos, buenos.
Era eso lo que le faltaba: el mar por dentro como el líquido espeso de un hombre. Ahora ella está toda igual a sí misma. La garganta alimentada se contrae por la sal, los ojos enrojecen por el sol, las olas suaves la golpean y retroceden, pues ella es una muralla compacta.
Se sumerge de nuevo, de nuevo bebe, más agua, ahora sin ansiedad, pues no precisa más. Ella es la amante que sabe que lo tendrá todo, otra vez. El sol se abre más y la eriza, al secarla, ella se sumerge de nuevo; está cada vez menos ansiosa y menos aguda. Ahora sabe lo que quiere. Quiere quedar de pie, parada en el mar. Así queda, pues. Como contra los costados de un navio, el agua bate, vuelve, bate. La mujer no recibe transmisiones. No precisa comunicación.
Después camina dentro del agua, de regreso a la playa. No está caminando sobre las aguas —ah, nunca haría eso después de que hace miles de años ya alguien caminara
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